La Semana Santa que pasamos con Augustico

Siempre cae bien romper con la rutina, separarse por un tiempo, por unos días, de la cotidiana secuencia de hechos que conforman nuestro diario vivir. Tomar unas vacaciones para dedicarlas a lo que uno quiera, a la familia, a relajarse, a compartir con alguien en especial o con un grupo de amigos y compenetrarse. Luego regresar con más fuerzas a enfrentar de mejor manera, con mejor actitud y como nuevo, los afanes cotidianos.

Cuando además se vive en “un país en el mundo, en el mismo trayecto del sol”*, como tan certeramente describió Pedro Mir el nuestro, no hay que hablar más nada, sólo hay que fajarse a empacar que nos vamos unos días de asueto. Muchos aprovechan ese tiempo para dedicarlo a asuntos que no han tenido tiempo de enfrentar, para hacer cosas que el furor de las ocupaciones tenía relegadas a un tercer o cuarto plano y había impedido hacer.

Así de pronto vemos a un amigo que nunca leyó ni un paquito, tirado en una hamaca leyendo un libro de Augusto Monterroso. Primero con los ojos muy vivaces y casi entrecerrados, como quien busca algo, queriendo encontrarle sentido a lo que lee. Luego más relajado y hasta riendo a carcajadas. Es su tiempo libre, su manera de disfrutar la vida, de disfrutarse a sí mismo, de darle vida a esa parte que a veces sólo dedica a organizar tereques y a pensar en la familia o en el trabajo, el intelecto, esa parte de su persona que para muchos, precisamente entre el reperpero de la multitud de Semana Santa, es el mejor momento para nutrir.

Luego tendrán sus amistades que “fumarse” las mil citas que a cada rato tire, tendrán que escucharlo setecientas veces decir que Augusto (sin siquiera decir el apellido, porque ya son panas) tiene mucho tiempo señalando tal o cual cosa, es su sentido del humor, y hasta hay que aguantarle que diga:

-Mira, tu no lo vas a entender, pero confía en mí, es un relajo de Augusto, yo sí lo conozco bien.

A fin de cuentas uno aprende a escuchar a los amigos, aunque después de escucharlos constantemente hablar vascuencias, cuando uno lo oye citar al tal Augusto, a uno hasta le gusta y termina comprando el famoso libro del tal Augusto Monterroso, amigo personal del amigo mío, mira para no hacerte largo el cuento, ese Augusto es de la familia. Luego serán recordadas esas vacaciones de Semana Santa como las que pasamos con el hondureño ese, amigo de la familia, Augustico Monterroso.

*Verso del poema de Pedro Mir

Avatar Homero Pumarol

Homero Pumarol

Tags relacionados