La Semana Santa es más que un relato
Hace unos días comprendí algo esencial que mi abuela me enseñó con su ejemplo: la bondad es superior a la inteligencia. Los fariseos y maestros de la ley eran hombres inteligentes, pero su apego al poder —y a sus mieles— los llevó a cometer un crimen de lesa humanidad: el asesinato de Jesús. Como sugiere Los hermanos Karamázov de Fiódor Dostoyevski, cuando matamos a Dios, rompemos el dique ético que sostiene nuestra humanidad.
En medio de las prisas y las calamidades del siglo XXI, la Semana Santa corre el riesgo de convertirse, para algunos, en una especie de teatro, como insinuaba Miguel de Unamuno en La agonía del cristianismo. Sin embargo, la fe no es solo una buena historia sobre el final de un hombre. Es el encuentro con una alegría profunda que atraviesa la existencia y la reordena desde el amor. Es un latido que devuelve el aliento y que nos permite resucitar, una y otra vez, de nuestras propias caídas.
Hace poco leí “La isla del día antes”, de Umberto Eco, una novela exigente. En ella, dos personajes discuten quién debe emprender un camino angosto pero necesario para llegar a tierra firme. En un momento decisivo, el jesuita le dice a Roberto: “tengo un motivo de peso para ir primero: tengo fe y tú no”. Esa escena ilumina el sentido último de la Semana Santa: un ser humano que, frente al mal, afirma que puede vencer incluso a la muerte porque cree en el bien, porque cree en Dios.
En tiempos marcados por la desesperanza y los tambores de guerra, resulta vital tener un referente que venza el mal y nos cobije bajo la promesa de la resurrección. Pero esa promesa no es abstracta. La verdadera Semana Santa se encarna cuando somos capaces de tender la mano, de salir del yoísmo para construir el nosotros. También —y no es un detalle menor— en gestos sencillos, como compartir unas habichuelas con dulce, donde el amor se vuelve cotidiano y concreto. Si me invitan, acepto.

