El dedo en el gatillo
Ulpiano Dellundé
Decía el escritor Manuel Cofiño que no podía dejar morir a sus personajes dentro de una sola historia. Por eso entraban y salían de sus cuentos o aparecían en sus novelas en situaciones distintas porque no era su propósito abandonarlos a su suerte en un episodio que, por bueno que fuera, iba a desaparecer al cerrar el libro para quedar en la memoria, hasta el día en que será olvidado. Me puso como ejemplo al doctor Charles Bovary, un médico rural con buenas intenciones para con su esposa, pero que vivió la tragedia de sentirse traicionado por su incapacidad de complacerla. Ese personaje no saltó a otra historia, ni fue necesario escribir un relato acerca de su consagración a la ciencia. Quedará para siempre como modelo de profesional resignado, sin comprender los deseos de su esposa.
A diferencia de Cofiño, mis personajes se repiten una y otra vez en algún lugar de la memoria. Son hombres y mujeres vinculados a mi vida o a gestiones pasadas que no dejan de moverse. Solo penetran en crónicas escritas en diferentes magnitudes, a veces acudiendo a mi pensamiento revuelto u otras a nuevos hallazgos de perfiles similares. Son personajes de los años sesenta, setenta, ochenta, noventa y algunos de este siglo. Ya han pasado a mejor vida, atrapados en mis novelas.
Nada permanece estático. Todavía leemos con placer “El viejo y el mar” de Hemingway o “Mientras agonizo” de Faulkner. También lo hacemos con “La metamorfosis” de Kafka y “Crimen y castigo” de Dostoievski.
En mis historias, los protagonistas vienen de la vida real. No los inventé, sino que sus hazañas se basan en su propia experiencia, pero envueltas en una aureola de ficción.
Mi relato “Y te busqué por pueblos…”(2021), no terminó allí. Todavía anda dando vueltas en mi cabeza. No lo trasladé a otra narración, sino que volví a introducirlo en estas memorias a pesar de que todavía me golpea y pide que amplié su vida y sus proezas. Me estoy refiriendo a mi compatriota, el doctor Ulpiano Dellundé, emigrante como yo a esta media isla, pero desde el siglo XIX, donde vivió consagrado a su profesión de médico al servicio de los humildes, como buen cubano de corazón generoso y sensibilidad humanista. Según las páginas de Cintio Vitier, Nació en Jiguaní (en el oriente cubano), estudió en Barcelona y se graduó de médico en 1872. Regresó a Cuba y residió en su ciudad natal hasta que emigró con su familia a Puerto Plata, República Dominicana, donde ejerció su profesión, desde noviembre de 1880. Vivió un tiempo en Santiago de los Caballeros y en junio de 1883 volvió a “la novia del Atlántico”, hasta su traslado a Cabo Haitiano, donde fue propietario de una farmacia. Esa es su historia oficial, la que ha hurgado Nidia Sarabia y ha difundido la Fundación de Cintio Vitier. Sin embargo, hoy retrataré la historia de un galeno cubano a galope los fines de semana recorriendo el Cibao con su indumentaria médica y su morral repleto de medicinas gratuitas para familias pobres.
A este escribidor no le interesa si Dellundé era amigo o no de José Martí, si fue reclutado por el Partido Revolucionario Cubano y si sirvió de guía al Apóstol de la Independencia en su campaña de unidad. El doctor Ulpiano Dellundé fue un emigrante cubano consagrado a su profesión. Lo hizo con dignidad y sin que nadie se lo pidiera. Se alejó de la política dominicana y se concentró en darle esperanzas a quienes nada tenían que perder. Ese es el personaje que ahora traigo a colación. El que jamás se dio por vencido Siempre cambiaba de residencia y de ciudad para difundir su profesión. Uno a veces contrae su piel cuando escucha historias del ayer. Historias de emigrantes que llegan a un país para entregarle lo que saben. Historias de gentes que han vencido dificultades y crecen desde sus respectivas posiciones. En el mundo de hoy pocos galenos salen a caballo por los pueblos para atender a enfermos y regalarles medicinas cuyo costo sale de la exclusividad de sus bolsillos. Sobre todo porque ahora los autos, y no caballos, ruedan por altivas carreteras como vasos comunicantes. Hombres que saben brillar porque en este mundo estamos de paso y solo nos engrandece la memoria el acto de recibir una sonrisa ajena como señal del deber cumplido.

