AGENDA SOCIAL
La ética pública activa
En los últimos años el ejercicio de la función pública ha sido sometido a un escrutinio cada vez más riguroso. No se trata solo de denuncias puntuales, sino de una percepción acumulativa de conflictos de intereses difusos, decisiones públicas condicionadas por incentivos electorales y una creciente sospecha de que la legalidad, por sí sola, ya no basta para garantizar legitimidad. En este contexto, se impone ampliar la conversación sobre la ética pública, como un componente estructural de la gobernanza democrática.
Lamentablemente hemos reducido el debate a una lógica binaria, donde lo legal se enfrenta a lo ilegal. Sin embargo, entre ambos extremos existe un amplio espacio gris donde operan decisiones que, aun siendo formalmente legales, resultan éticamente cuestionables. Es ahí donde emerge el verdadero desafío institucional. La ética pública no puede limitarse a la ausencia de corrupción penalmente sancionable; debe incorporar criterios de integridad, imparcialidad, transparencia y, sobre todo, coherencia entre el interés público y la conducta del funcionario.
Uno de los puntos críticos en esta discusión es el conflicto de intereses. Este no siempre se manifiesta como un acto ilegal; suele ser una condición estructural no gestionada. Un funcionario puede encontrarse en una posición donde sus intereses privados interfieren, o pueden interferir, con el cumplimiento imparcial de sus funciones. La ausencia de mecanismos claros de revelación, gestión y sanción de estos conflictos genera un terreno fértil para la desconfianza ciudadana. Más aún, cuando estos conflictos se normalizan o se trivializan, se erosiona la credibilidad del sistema en su conjunto.
A esto se suma la tensión que genera la contraposición entre el interés electoral y el interés público. En democracias competitivas, los incentivos políticos están diseñados para maximizar apoyo electoral. Sin embargo, cuando la lógica de corto plazo, orientada a votos, desplaza decisiones que responden al bienestar colectivo de mediano y largo plazo, se produce una distorsión profunda en la función pública. Políticas públicas diseñadas para ganar elecciones, en lugar de resolver problemas, terminan generando ciclos de ineficiencia, gasto improductivo y pérdida de confianza institucional.
No es un dilema nuevo para el país. En pleno siglo XIX , el ex Presidente, pensador y político dominicano Ulises Francisco Espaillat advertía sobre la necesidad de que la función pública estuviese guiada por principios morales superiores, más allá de la conveniencia inmediata. En sus discursos, Espaillat insistía en que el ejercicio del poder debía estar anclado en la virtud cívica y en el compromiso con el bien común. Para él, la política no podía reducirse a la lucha por el poder, sino que debía entenderse como una responsabilidad moral frente a la sociedad.
Espaillat defendía que el servidor público debía actuar con rectitud incluso cuando ello implicara sacrificios personales o políticos, una idea que hoy podría parecer idealista, pero que adquiere una relevancia renovada en un contexto donde la política tiende a premiar el pragmatismo inmediato sobre la integridad de largo plazo. La vigencia de su pensamiento radica precisamente en esa tensión: la ética como límite y orientación del poder.
Para ampliar la conversación actual sobre ética pública tenemos que hacer un compromiso amplio con, primero, elevar el estándar del debate público, ya que no basta con exigir cumplimiento de la ley; es necesario demandar comportamientos éticamente responsables.
Segundo, institucionalizar la gestión de la integridad. Esto incluye marcos normativos claros sobre conflictos de intereses, sistemas más efectivos de declaración patrimonial, códigos de conducta vinculantes y órganos de supervisión con capacidad real de actuación. La ética no puede depender exclusivamente de la voluntad individual.
Tercero, alinear incentivos políticos con resultados de largo plazo. Este es quizás el desafío más complejo. Requiere repensar la forma en que se evalúa el desempeño público, fortaleciendo mecanismos que premien la eficacia, la transparencia y la sostenibilidad de las políticas. En otras palabras, reducir la brecha entre lo políticamente rentable y lo socialmente deseable.
En definitiva, la ética pública no es un lujo ni un elemento accesorio del Estado moderno; es una condición de posibilidad para su funcionamiento. Como bien anticipó Ulises Francisco Espaillat, gobernar implica mucho más que administrar recursos o tomar decisiones técnicas, implica ejercer el poder con responsabilidad moral.

