El poeta José Mármol desde Mármol mismo

Lo más bello de las personas ova en sus juventudes. Tiempos de briosos amores, de emotivas energías, de esperanzas y objetivos grandes en universos pequeños.

Escribir de arte implica haber vivido sus habitaciones. Si plásticas, que los ojos hayan tragado muerto el mundo por sus descomunales volumetrías, estruendos, luces y colores; si música, dejar descalzo el ruido y entronar los que truecan días por hilos de ondas clavadas al tímpano y libres.

Todo arte es impredecible e imperfectible; al nacer queda hecho escultura, invariable, hueso pétreo sin que el tiempo pueda mermar su eternidad aunque sí destruirla.

A este espacio el poeta José Mármol ingresa, entregando sus escritos sin pretender la sonoridad de los himnos; rechazando los acentos fuertes de los modernistas muertos e idos para declarar “Poetizo luego existo”.

Se trata de alguien que ocupa el solio de la escritura para revolver las aguas de los conformismos y las confabulaciones; que se autodenuncia y testimonia su vida, no desde la biología —claro— sino desde la más hermosa y afectuosa rebeldía. Alguien que deja el tiempo propio —el que los deberes de su empleo no consumen— como heredad de palabras, para nutrir la cultura.

Se habla de los poetas como de los artistas. Y de sus obras: de fecundidad y floraciones como de naufragios y osadías. Cada uno nace su obra cuando sobre una tela pinta o sobre el papel escribe. Y la pierde ganándola en el clamor público que sobre ellas en ser humano se construye. Carecen entonces, de embarcaciones los inventos, por eso no se les ve navegar cielos; lo que del arte se dice procede de la inspección minuciosa y de registros; verificaciones de puntadas, sastrería; reorganización de ladrillos, albañilería; sensibilidad aflorada, búsquedas de renovadas travesías.

No hay, pues, otro modo de conocer a José Mármol, el poeta y amigo, que a través del joven Mármol, ya realizado y maduro. Del que inició poetizando y escribiendo continúa, siendo él y diferente.

Así dicho, inicio este escrito, ambicioso de tiempo para recorridos más amplios.

Nació en Santo Domingo, en 1960, y desde joven asumió la poesía como oficio preferido. A los 23, publicó su primer poemario y en el 2019 había entregado quince títulos. Su labor le ha merecido importantes y abundantes premios y reconocimientos. Y, también, un compromiso con el éxtasis y la angustia. Son los gusanillos punzantes y lúdicos de las obstinaciones sin las cuales las artes no existen: decidir llevar lo que se es a todas partes, contigo. Y José Mármol lleva al poeta José Mármol a todo lugar que ingresa, a los terrenos que pisa, a los sueños, ansias y esperanzas en que vuelan o aterrizan sus amores, desengaños, inquietudes, autores y lecturas preferidos…, en fin: lo acompañan siempre los resultados felices o insatisfechos de su vida, experiencias, él mismo y sus días.

Con los pies sobre la tierra, mantiene la voz en el “espíritu”; para comer trabaja, para vivir escribe. No es místico ni profano, pero aprueba y recrimina; filósofo egresado, sí. Como pensador, racionaliza sus experiencias para trocarlas por mitos en su poesía. Como Whitman, se autopoetiza sin celebrarse cantándose.

José Mármol es un poeta que para conocer y olvidar escudriña entre evidencias, misterios y acertijos, los rastros de lo tenido, lo querido y lo perdido; de lo real y lo aspirado; los extremos y antípodas, sus —de todo— las dos vidas: la de sus circunstancias y la otra, libérrima, llevada dentro, esa que más que cualquier otra aspira a que lo construya y defina. Las vive varado en sus momentos de inicio y llegada; en la muerte y la vida; en las convicciones fuertes de su radical anticursilería. Su obra, que sobre múltiples dualidades se erige, aspirando a vivir en los otros como destino y totalidad inaprensible; tan irreductible a los hiperónimos y a las abarcadoras categorías como a los cementerios de la identidad y la fugacidad de los instantes de alborozo y afligidos.

Se impone, entonces, conocer al poeta, lo cual es invocarlo. Desde su despunte “El ojo del arúspice (1)”, poemario de 1984, ingresó a este territorio artístico danzando, cuasi conceptista e irreverente, joven; apartando cuatro encéfalos para tocar el acordeón y moviendo “su fémur único en la niebla | sin definir a tientas los límites del ritmo”. José Mármol definió el perímetro de su objeto poético desde entonces: lo comprendido entre la vida y la muerte: suyas, cercanas, remotas, individuales o colectivas. Poesía declarada y ejercida como ontología, es decir discurso sobre la naturaleza, la existencia y la realidad; que por igual enfoca lo aparente y lo verdadero; que revela lo oculto y oscurece lo evidente; atrio de “hipótesis” que la poesía eleva al grado de las conjeturas, a mitos sobre la afirmación y negación de ese ser poeta y esa realidad que el instante construye, reconstruye y afirma. Nos entrega presentes y recuerdos, nostalgia y alegrías por las madres sempiternas, queridas e idas; el cuerpo enamorado de sus amores; el amor amor y el sexo sexo; su esposa y familia; los otros: sus poetas y escritores preferidos; su tiempo, su país, su vecindario y, finalmente y siempre, sus memorias, él mismo.

Sobre eso el poeta escribe y los lectores leerán en las páginas de “Donde todo triste ruido hace su habitación”, voluminoso tomo con los quince libros que José Mármol escribió entre los años 1984 y 2019, publicado por la Editorial Visor Libros de España en su Colección Visor de Poesía, tan definitiva para conocer la actualidad poética iberoamericana; de por sí significativa para la difusión y conocimiento de la poesía dominicana en el mundo hispanohablante y, junto a ello, para dejar zanjada la importancia de José Mármol como poeta troncal en un espectro cultural nacional lamentable y lacerado por las arrogancias y la política, sus mezquindades y bellaquerías.

Desde sus inicios, pues, en estos temas, preferentemente, el poeta persiste. También sus primigenios recursos, apelativos y estrategias escriturales perseveran, desarrollando; obstinados y cambiando de matices, tono, ropajes, avituallamientos y lencerías. Cada libro de Mármol es una posibilidad de diferencia surgida de una nueva experiencia o intención; la prueba de su necesidad de actualizar la relación entre él y la vida; de renovar el discurso mediante un arsenal gramático-léxico de estrategias y tácticas progresivamente enriquecidas.

Sobre que este poeta asume su oficio como revolución, no caben dudas. No ejerce, sin embargo, violencia sobre o desde el lenguaje pues ningún escritor o artista podría modificar lo que Biología dispone. Sí desde y sobre la forma de interactuar con lo que, desde el lenguaje, se recibe y se constituye como cultura: la lengua. De aquí su gramática y léxico particulares. Sus morfologías y sintaxis. Propias pues denotan a un poeta poeta articulándolas y esculpiéndolas a su modo. Con estas y en estas, planta la singularidad de su discurso: la esencia poética de su método creativo: decir a todas luces a posteriori y mediante el perspectivismo (Martí, Ortega y Gasset), pues define la intertextualidad recorrida; como constructo, no como argamasa —la lengua lo sería— sino como ladrillo: cosa hecha, modelada, sí, desde la transgresión, la ternura ríspida y la imaginación irrenunciable e hiperactiva.

Como primer hallazgo, entonces, lo verificamos en disrupciones clave: a) uso intensivo del asíndeton; es decir prescindir —por defecto— de signos ortográficos y —¡además!— b) liberar a los conectores subordinantes de su rol de enlaces lógicos, circunstanciales y modales entre los lexemas, palabras compuestas y sus complementos.

Con estos dos procedimientos, más el amor por metáforas significativas, Mármol nace a la poesía: disrumpiendo la “cadena de suministro” semántica. Tales supresiones generan y definen su perfil poético. Su poetizar, entonces, “altera” la sintaxis, más allá de los tradicionales y consentidos pleonasmo y el hipérbaton. El poeta recurre a otra lógica, más radical y hasta guerrerista: cortar —o reducir— las vías de acceso hacia el edificio comunicacional, eliminando argamasa entre sus bloques, a tal grado que la morfología no contribuya a la semantización y, en cambio, propicie la resemantización poética. Como efecto, en vez de referencial, la poesía de Mármol asume una cualidad propia y definitoria: lo conjetural; un narrar hechos y exponer realidades empíricamente no verificables, liberadas de sus cárceles por un decir que consiente el acceso al mundo solo desde el pensar, imaginar y expresar la existencia y lo cognoscible a partir de la irrenunciable libertad poética.

Adicionalmente, lo extasiante en Mármol es el contraste. Junto a ese interés que des semantiza la experiencia, descontextualizándola de sus referentes empíricos, mediante la arbitrariedad gramatical más que lingüística, otro poeta, lírico y pletórico, de positivas efusiones emotivas, se erige y se oculta tras sus prosas y versos. Como si el fin del caos que desarticula la sintaxis fuera parir la luz de ideas más amplias y menos manidas y predecibles para, desde el exabrupto, hacer florecer la elegancia, un decir limpio, significativo, creativo, estimulante y puro. Porque en Mármol la metáfora pasa de lo árido a lo fecundo; de lo espurio (nacido del rechazo a lo conocido, tenido, existente) a lo lozano que en la esperanza engendra, impulsa y late.

Este poeta nació diciendo: “bajo la noche —a contraluz— | vibra el destiempo cuatro dados sin caras”, como si exigiera un renovado rol lectural: reorganizar lo escrito, más tarde conocido como interactividad obra-espectador. También, prefiriendo el automatismo psíquico propio del surrealismo, uno proclive a una especie de “absurdo relativo”, nacido de la disrupción de la función connotativa del discurso y el bosquejo de ideas desde la experiencia inaprensibles. También acordonó el flujo de una consciencia liberada de prejuicios e, instalada en tal perímetro, no se decanta por una de las opciones posibles entre revelarse y ocultarse. Fluye más que analiza, testimonia y juzga sin renunciar a la libertad de explorar o de dejar constancia de sus cavilaciones.

Así adquirió otro atributo: ser poesía realista-metafísica. No porque su discurso carezca o rebose de vínculos con sus realidades, pues estas, aún siendo desde la existencia, se apropian desde la lengua y, como caso particular, desde el habla poética Mármol. Culterana y sugestiva siempre y, a veces, directa, lacónica y sugerente.

Esta fascinante dualidad y rebeldía reconstructora marca la obra de Mármol desde entonces. La imagen poderosa y surrealista —“cuatro dados sin caras”— y la metáfora —“vaso de sombra”, “no han quedado cuerpo ni carne a la tragedia”, “en el cuchillo del sueño”—, porque, consciente de sí, el poeta se declara “trapecista del juego de la idea y su decir”.

Trapecio poético al cual el poeta exige que el lector remonte como condición y a cambio de su gratificación humanamente feliz: comprenderlo para establecer una interacción poética capaz de reconstruir el Ser desde la autorealización plena y la cultura.

En esa multiplicidad de vías, el poeta puede ser tan arcano como descriptivo y confesional. Puede decir, con Constantino Cavafis (Grecia, n. 1863 - †1933): “era hermoso el muslo y era | lasciva la mirada”, “será todo de sal o encojonado azul”; o rechazar el espacio vital de su experiencia, por lamentable: “en este azarado desperdicio de Dios (…) | debe haber otra cosa que huela a este reino | excremento sombra semen de órganos novios”. También se nos presenta como militante ético: “iré con los ilesos al corazón de la plaza a escupir su moral | y su | bandera | porque en este siglo | negarse a estar enfermo es negarse de raíz y ser grosero”. Recurre a una prosa narrativo-poética que, por su flujo intrínseco, es pseudoprosa: versificación disimulada en la emanación textual “continua”. Dice: “la tía consuelo, de manos y rostro clarividentes, con manchas de café metía por las tardes en una taza breve. todo el porvenir (ahora recuerdos) de sutiles barriales quinceañeras”. Nótese cómo las pausas denuncian el ritmo versicular subyacente. Pareciera que, aún prosando, Mármol versifica.

El poeta también explora los antípodas de todo lo que mira, huele, siente y toca iniciando, como he dicho, con la vida-muerte para pasar al éxtasis-muerte: “morí de soledad. en un vértice oscuro de mudez y abandono” (…) morí entibiado en un filo de tu boca | morí sin que la muerte a mi cuerpo llegara | morí cuando moría. apoyado en el muro vegetal de sus caderas”.

Y la autoconsciencia reiterada, para confesar como se interrelaciona con la escritura y la poesía: “La imagen, si es dichosa, redime todo un libro, un acorde, un movimiento calmo, un amago de vivir”. ¡Es lo que persigue!

En este caso, extraído de su libro “Deux ex Machina”, verificamos a un poeta poeta regresando a un decir más “clásico”, atributo declarado desde el título, vinculado al ingreso de divinidades a la escena gracias a la tramoya, en el teatro griego y romano. Aquí, lo autobiográfico re emerge para explicar al poeta desde José Mármol: “Me lo dijo Gatón Arce, desata tus demonios, Humano, casi un Dios enamorado, el poeta revienta”. Informacional, el título revela sus lecturas, en este caso de “Epístola ad Pisones” de Horacio, texto fundamental del análisis literario occidental y del respeto del poeta por el juicio especializado. Corona este momento declaraciones que actúan cual magma buyente, la aética Nietzscheana: “la moral es un vicio temerario. | El perdón una mancha corrosiva.| El poema revienta lo creado (…) Me lo dijo Gatón Arce, vuélvete tus demonios”.

Lo más valioso en la carrera de Mármol —según nuestro humilde criterio— son sus actos exclusivamente poéticos: más que las deconstrucciones de cualquier tipo, su fuerza y calidad metafóricas. La afirmación “El poema revienta lo creado” da cuenta de ese objetivo esencial de su obra, logrado mediante los juicios, la metaforización, la precitada desarticulación sintáctico-estructural y la resemantización. Recursos que enriquecen su obra y enriquecen ellos mismos sorbiendo de toda fuente, abrevando en la belleza imperecedera de los versos de José Lezama Lima (Cuba, n. 1910 - †1976 ), quien escribió: “Dánae teje el tiempo dorado por el Nilo, | envolviendo los labios que pasaban | entre labios y vuelos desligados”, en versos de 13 y 11 sílabas que pese a su polimetría reiteran la rítmica acentuada del Modernismo. O acogiendo por momentos la oscuridad arcana e intencional de las premoniciones con formulaciones similares a las oscuridades desemantizadas y conjeturales de Nostradamus (Michel de Nostredame, Francia, n. 1503 - †1566).

Su poetizar se sostiene en una disimulada retórica poética, personificando lo inanimado o los fenómenos de la naturaleza. Recurriendo a la prosopopeya, Mármol escribe: “El mar se domestica cuando enciende la tarde (…) Velloncino de agua”.

Esta poesía declara su intención de reconstruir la praxis del hecho poético por varias que incluyen: a) pensar la realidad desde otros sistemas de criterios y valores, capaces de fortalecer la individualidad y la libertad; b) aceptar sus demonios, c) renombrar las realidades y el mundo, d) domar el cosmos, e) trastocar la lengua, f) transitar entre lo sórdido y lo sublime.

Para renombrar el mundo el poeta no señala con el índice, como en tiempos del Macondo de “Cien años de Soledad” de Gabriel García Márquez la gente hacía. Lo hace desde la experiencia vital y literaria propia. Significa que el poema, al surgir del discurso interior sobre el objeto, es su efecto; la consecuencia del haberlo explorado desde múltiples situaciones, posiciones, puntos de vista e interrelaciones; mediante una especie de mecánica perceptiva. Dado que no es posible atribuir capacidad representacional gráfica directa a la poesía, esta patentiza su intención descriptiva anclándose a la metáfora: Y Mármol lo lleva a cabo con significativa calidad: “La noche cabe mansa en el ancho de mi aliento” y, a la vez la denuncia de condiciones verificadas: “Estos barrios apestan, incluso en el recuerdo”.

En fin, en Mármol se comprueba el vigor del autoreferencialismo y de la autoconsciencia funcional como modos de interrelación objeto-sujeto, sujeto-objeto y sujeto-sujeto. En el siguiente fragmento, verifiquemos la solicitud de la poesía al poeta, una especie de autodefinición de roles: “Poeta, domador de cosmos, jineta a la grupa de ignorado destino, yo soy la luz, de ti culpable, y te imploro me salves al toque de tu vuelo. Nómbrame, oh tú, defíneme en tu voz, mistagogo de formas, paridor de ilusiones”.

Sin poder agotar al poeta Mármol desde Mármol mismo con este escrito, verificamos que sus textos no son, pues, plato para saciar las hambres de la vacuidad y la prisa; son manjares para alimentar la osamenta, nervaduras y músculos del cuerpo que cada aspiración de humanidad liberada y plena lleva dentro.

Sin embargo, queda algo por aclarar: Mármol no es un escritor complicado como sottovoce la beocia ha pretendido; es que la poesía nacional y la invención creativa están pagando, en nuestro lar, la deuda de la nacional iletrada y hórrida agrafía.

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