Primas del Jet Set y necrofilia mediática

Aquel 8 de abril estaba semidormido. Era poco más de la 1:40 de la madrugada cuando sentí los pasos de mi esposa, Daniela. Supe que había llegado del periódico, como era lo usual. No obstante, esa noche algo fue diferente. Ella se quedó sentada en la sala durante varias horas y, al yo despertar a las 6:00 de la mañana, entendí la razón…

Nuestras primas Alexandra y Rocío estaban dentro del establecimiento del Jet Set. Pudieron salvarse por un pelo, ya que se encontraban en el área de los muebles, pegada a la pared, al lado izquierdo de la tarima.

El techo se había desplomado a los pies de ambas. Describieron un gran estruendo, oscuridad instantánea, polvareda y gritos escalofriantes de personas atrapadas, confundidas entre el caos y el horror. Pudieron salir casi de inmediato, con rasguños físicos sin importancia, pero con heridas emocionales que, hoy en día, aunque no lo vociferan, se mantienen abiertas.

Nunca dieron entrevistas a nadie. Ni hablaron del tema públicamente. Ni antes, ni ahora, ni después. Sin embargo, también claman justicia, como millones de dominicanos que, por sentido común y humanidad, esperan un cierre satisfactorio a nivel judicial, aunque eso no signifique que las víctimas resuciten.

De hecho, es posible que se molesten conmigo por citarlas en este artículo, pues son de las que creen que un silencio respetuoso vale más que un ruido fingido, una búsqueda de protagonismo descarado o una necrofilia del dolor ajeno a través de lo mediático.

Quien les escribe perdió a un compañero de estudios, viejo conocido y colega de todos: Jesús Nikolai Urraca. Y, en aquel evento, más allá de las informaciones periodísticas y los gritos de justicia que muchos hacemos legítimamente, dediqué un humilde artículo sobre su vida.

¿Cuál es el punto?

Durante este año he visto cumplirse, al pie de la letra, la profecía que hiciera Mario Vargas Llosa en su ensayo “La civilización del espectáculo”, sobre la banalización del entretenimiento y de la sociedad.

La línea delgada entre el periodista y la noticia se ha vuelto invisible. Con estupor, he visto media tours de algunas personas que se han promocionado a través de los medios a los cuales tienen acceso, sobreponiéndose mediáticamente a una tragedia de 236 víctimas y centenares de heridos.

El caso Jet Set ha visto nacer a nuevos “justicieros” que se ven más que los mismos escombros de la zona cero, sobreexponiendo lo obvio, utilizando claramente las facilidades que ofrecen las vitrinas mediáticas para posicionar su figura por encima de las historias de los afectados.

Nunca los ves haciéndose eco de la falta de acción del Estado que, pese a una tragedia sin precedentes, no muestra premura en impulsar propuestas de leyes que endurezcan las penas contra este tipo de negligencia que ha causado tanto dolor a tantas familias.

Tanto el Senado como la Cámara de Diputados están rezagados en discutir iniciativas que puedan tanto prevenir como sancionar actos de esta índole en el futuro. Como siempre, el Congreso Nacional mira hacia el lado.

Además, se pueden contar con los dedos las veces que esos necrófilos mediáticos han dado protagonismo a quienes sí merecen ser escuchados, tales como familiares de las víctimas y personas desposeídas, sin importar estatus social o económico.

Y, francamente, entristece constatar que las primas Alexandra y Rocío, ajenas al oficio periodístico, honren con mayor rigor una de sus máximas esenciales: esa que dice que el periodista nunca debe convertirse en la noticia.

Cuando esa frontera se diluye, ya no se ejerce periodismo, sino otra cosa; quizá influencer, o algo así…

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