Decisiones populares, consecuencias costosas

Las malas decisiones económicas rara vez se anuncian como tales. Llegan envueltas en lenguaje de urgencia, en promesas de alivio o en apelaciones a la sensibilidad social. Se presentan como inevitables. Y, en el corto plazo, suelen ser populares. El problema es que la economía no evalúa intenciones, sino resultados.

El contexto actual facilita ese tipo de decisiones. La inflación persiste, los costos energéticos siguen elevados y el deterioro del poder adquisitivo ha hecho a los ciudadanos más exigentes. Frente a esa presión, la política responde como suele hacerlo: interviniendo. No intervenir tiene un costo político inmediato; intervenir mal, en cambio, lo pospone. Esa es la tentación.

Pero posponer el problema no lo elimina; solo hace que alguien lo pague después.

La evidencia es consistente. Argentina convirtió el congelamiento de tarifas y la expansión de subsidios en una política estructural. Lo que comenzó como una respuesta al malestar social terminó erosionando las cuentas fiscales, debilitando las reservas y consolidando una inflación persistente que castiga, sobre todo, a quienes se pretendía proteger. El alivio inicial fue real. También lo fue su costo acumulado.

Europa enfrentó un dilema similar tras el shock energético derivado de la guerra en Ucrania. La diferencia estuvo en el diseño. Economías como Alemania optaron por mecanismos temporales, con límites explícitos y financiamiento definido. Otras extendieron controles de manera más amplia, posponiendo ajustes y acumulando presiones fiscales. El contraste no radica en la intervención, sino en su disciplina.

El populismo económico no es una etiqueta retórica; es un patrón de decisión. Aparece cuando la política sustituye el análisis por la conveniencia, cuando privilegia soluciones visibles hoy a costa de problemas mayores mañana. Es una forma de financiamiento implícito: se consume estabilidad presente con cargo al futuro. Y el futuro, a diferencia del discurso político, sí cobra.

El error de fondo es conceptual. El Estado no crea recursos; los reasigna. Puede suavizar choques, pero no absorberlos indefinidamente. Cuando el gasto supera de forma sostenida la capacidad de ingreso, el ajuste no desaparece, solo cambia de forma. Llega como inflación, como presión tributaria o como menor crecimiento. En todos los casos, reduce bienestar.

A esto se suma un efecto menos visible, pero igual de dañino: la distorsión de incentivos. Cuando los precios dejan de reflejar escasez, las decisiones dejan de reflejar racionalidad económica. Se sobreconsume energía, se posterga la inversión en eficiencia y se consolidan estructuras productivas menos competitivas. El corto plazo se vuelve manejable; el mediano plazo, más frágil.

Venezuela llevó esta lógica a su extremo. Durante años, mantener precios artificialmente bajos fue celebrado como una conquista política. El resultado fue la destrucción de señales básicas de mercado, el colapso de la capacidad productiva y una crisis en la que los bienes dejaron de ser caros para volverse escasos. No es un caso atípico. Es un caso límite.

Existen, sin embargo, alternativas más eficaces. Chile ha utilizado mecanismos de estabilización de combustibles que amortiguan la volatilidad sin suprimirla. No niega el precio; administra su trayectoria. Esa diferencia, técnica en apariencia, es sustantiva en sus efectos: protege al consumidor sin comprometer la sostenibilidad fiscal ni distorsionar completamente los incentivos.

La lección es incómoda, pero clara. No todas las decisiones que alivian en el presente son responsables. Y no todas las decisiones responsables generan alivio inmediato. Gobernar implica elegir entre esas dos tensiones.

La credibilidad económica no se construye evitando decisiones difíciles, sino explicándolas y ejecutándolas con consistencia. Cuando esa consistencia se pierde, el margen de maniobra se reduce y el costo de corregir aumenta.

Porque, al final, la economía no penaliza la falta de empatía. Penaliza la falta de disciplina.

Y la disciplina, cuando se abandona, siempre se recupera a un precio mayor.