SIN PAÑOS TIBIOS
Una revelación gloriosa
El Apocalipsis fue escrito en clave porque narraba la inminencia de los últimos días, algo inquietante en un tiempo donde “Babilonia” era Roma, porque decirlo textualmente conllevaba la muerte. Algunos ven el libro como un aspiracional político inminente, donde la quiebra del imperio era vista como el fin del mundo, y la llegada del Mesías como el inicio del Reino de los Cielos en la Tierra.
El Apocalipsis fue un libro de su tiempo, un libro que buscaba respuestas y consuelo para una comunidad (la cristiana primitiva) que vivía al borde la muerte, en una sociedad caótica donde la injusticia era la norma y la desigualdad la regla.
En esa lógica de caos y con la tranquilidad que se tiene cuando se vive la inminencia del fin de los días, cualquier escenario apocalíptico puede reinterpretarse en función de las realidades y desafíos de cada sociedad en un momento dado.
Si el tránsito en Santo Domingo es apocalíptico; sí –como las legiones y procónsules de Judea, en tiempos de Domiciano– la autoridad a cargo no puede dirigir la sociedad y toda ella camina hacia su ruina, disolución y fin; entonces, si San Juan hubiera escrito el Apocalipsis hoy, ¿las visiones serían diferentes o los actores serían los mismos?
Cuando el cordero abrió el cuarto sello –por ejemplo– aparecen montados a caballo cuatro jinetes que presagian el fin del mundo: guerra, hambre, peste y muerte. En una versión 2026, seguro que los “jinetes” vendrían montados en sonatas, guaguas, patanas y motores, y sus nombres serían ebanista, mecánico, parqueador y delivery.
Lo del color del sonata estaría sujeto a interpretación –como todos los textos escatológicos–, pero, asumo que sería color mamey, pues, aunque el gris es más común y abundante –por eso genera más caos–, nada es tan funesto, pernicioso y necio como el chofer de un sonata mamey; sobre todo si en el cristal trasero lleva algún mensaje religioso en plan “Cristo lo puede todo” o “Si Dios conmigo quién contra mí” (sin tildes, obvio).
En cuanto a los jinetes, en el “lago de fuego que arde con azufre” donde fue arrojada la bestia, existe un lugar especial –justo en su centro–, reservado exclusivamente para deliverys y motonchistas, y, a su alrededor, otro para los demás plagado de pirañas, tiburones y medusas. Alrededor del lago, todos los agentes de tránsito –activos y retirados– custodiándolos, para evitar que escapen… y para que su labor de custodia les dure toda la eternidad, a manera de castigo compartido.
La bocina vuelve a sonar detrás de mí. El patanista entiende que debo volar sobre el tapón, el semáforo y los cuatro DIGESETT que sólo estorban, pero no, no puedo. Sigo aquí, atrapado en el mismo tapón, como San Juan lo estaba en Patmos, y, al igual que él, tuve una epifanía, y fui feliz al verla… aún a sabiendas que era una vana ilusión.

