MIRANDO POR EL RETROVISOR
Nos falta colocarnos en el lugar del otro
Escuché la expresión la semana pasada en tres escenarios totalmente distintos, pero retratan a un país donde en los últimos años se ha enraizado el individualismo: “Nos falta colocarnos en el lugar del otro”.
Me la dijo primero un taxista para resumir 20 minutos de conversación sobre el caos que predomina en el tránsito, sin importar la hora del día. Íbamos por una calle de dos carriles para circulación en sentido contrario, con vehículos estacionados en paralelo a lo largo de la vía.
Enfrentamos un odioso tapón porque un camión se detuvo paralelo a los ya estacionados así para descargar mercancías en un negocio. Si los conductores meditaran por un instante en cómo se sentirían si fueran quienes estuvieran en medio de congestionamientos por semejantes violaciones a la ley de tránsito, quizás otro sería el escenario en calles y avenidas del país.
El otro lugar donde escuché la frase fue en una oficina pública. Había depositado un documento indispensable para un trámite burocrático. Cuando llamé por teléfono para indagar si se había completado en la fecha que me indicaron, ¡oh, sorpresa!
El empleado que me recibió la documentación salió de vacaciones y no dejó un informe a quien le sustituiría en ese tiempo sobre el curso de los expedientes. Tuve que depositar la documentación otra vez porque la empleada me reveló que nadie allí toma llamadas telefónicas cuando sale de vacaciones. Me parece correcto, le argumenté, pero sólo si antes deja detallado a su sustituto o sustituta todo lo que está en curso. “Es que no nos ponemos en el lugar del usuario”, me dijo con una mezcla de justificación y resignación.
En el otro escenario, la expresión no la escuche de manera tan directa, pero en esencia el contenido del mensaje compartido por una amiga en una red social lo resume: “Nunca le permitas a quien no estuvo en tus zapatos que te quiera dar clases de cómo atarte los cordones”.
Esclarecer la desaparición de la niña Brianna Genao se ha convertido en uno de los grandes retos para el Estado dominicano.
Esa realidad la padecen muy a menudo quienes atraviesan por problemas psicoemocionales y se encuentran con personas que intentan minimizar sus sufrimientos, a veces hasta con insinuaciones de debilidad y falta de carácter al momento de afrontarlos.
El activista por los derechos civiles y pastor bautista estadounidense, Jesse Jackson, dijo en una ocasión que “Nunca mires hacia abajo a nadie, a menos que le estés ayudando a levantarse”.
Colocarse en los zapatos del otro es la manera más sencilla de poner en práctica esa palabra tan en boga y labios en los últimos años: “Empatía”. Un término que siempre utilizaremos con frialdad si no está acompañado de la capacidad de escuchar, sin juzgar.
El psicólogo, profesor y escritor canadiense, Steven Pinker, reflexionó al respecto que la convicción de que otros también pueden sufrir y prosperar, como nosotros mismos, es la esencia de la empatía y el fundamento de la moralidad.
El también psicólogo Marshall Rosenberg, creador de la comunicación no violenta, definió la empatía como la comprensión respetuosa de lo que otros están experimentando.
A veces se pierde de vista que la calma de algunas personas ante las adversidades y eventos dolorosos que enfrentan, muchas veces no refleja el volcán que llevan dentro.
Lo pude palpar la semana pasada en una publicación que compartió en redes sociales Yessica González, madre de la niña Brianna Genao, de tres años, desaparecida desde el 31 de diciembre del año pasado, en la comunidad Barrero de la provincia Puerto Plata.
“Vives en mi oración, en mi esperanza, y en cada latido que no se rinde. Aunque el silencio duela, mi corazón te llama y espera tu regreso”, se lee en parte del mensaje de la madre que acompañó a un audiovisual compartido para mostrar momentos emotivos de la niña con sus familiares.
Esclarecer la desaparición de la niña Brianna se ha convertido en uno de los grandes retos para el Estado dominicano, si queremos evitar esa odiosa costumbre tan arraigada de ser un país de coyuntura.
Sé que en casos similares ha quedado como un cliché la expresión de que en esta oportunidad será “un antes y un después”, como lo ha sido también la de “colocarse en los zapatos del otro”.
Aunque ya se observa menos intensidad en el operativo de búsqueda de la niña Brianna, eso no significa que la investigación sobre su desaparición también caiga, como ha ocurrido en el pasado con hechos similares, en la desidia que pronto da paso al olvido.
Al contrario, su caso debe servir de motor para reactivar la búsqueda de otros desaparecidos.
Tenemos el ejemplo también reciente del niño Roldany Calderón, de tres años como Brianna, desaparecido el domingo 30 de marzo de 2025 cuando jugaba en el patio de la casa de su tía, ubicada en la comunidad Manabao, provincia La Vega.
Las dolorosas desapariciones no pueden terminar en un ejercicio más de “rasgar nuestras vestiduras” y “vestimos de cilicio”.
En el tema musical “Amor y control”, escrito y magistralmente interpretado por Rubén Blades, el salsero panameño narra los sentimientos encontrados que tuvo al salir de un hospital donde su madre luchaba contra un cáncer incurable y al ver a una familia abrumada por uno de sus miembros atrapado en la delincuencia.
Su confesión de estar ahogado en sentimientos por aquel muchacho que lucía arrepentido y su pobre madre desahuciada, hablan de ponerse en los zapatos del otro, sin juzgar y sin importar las circunstancias.
Si ese nivel de empatía puede darse ante una familia que sufre por un pariente que les ha causado un inmenso sufrimiento debido a su comportamiento desviado de la formación que recibió de sus padres, cuanto más con niños y niñas inocentes que han quedado de repente excluidos del seno familiar.
El estribillo final de esa canción de Blades encaja perfectamente en los casos de Roldany y Brianna: dos familias distintas, pero dos tragedias iguales.
Estas dolorosas desapariciones no pueden terminar en un ejercicio más de “rasgar nuestras vestiduras” y “vestimos de cilicio”, como expresión de dolor y acompañamiento.
El escritor estadounidense Matthew Quick reflexionó que “Cuando nuestro corazón está repleto de empatía, un fuerte deseo de eliminar el sufrimiento ajeno surge dentro de nosotros”.
Y llenar nuestro corazón de solidaridad y hacer todo lo humanamente posible para ponerle fin al sufrimiento de esas familias, comienza colocándonos en los zapatos del prójimo.

