El dedo en el gatillo
La sabiduría de la humildad
La mujer, sabe el tamaño del arma que lleva en mano. Témanle. Cuando escribe, su pensamiento sube a las cumbres y allí ondea. Y cuando llena una página en blanco, el mundo tiembla. No acude a arcaísmos ni a frases entrecortadas, sino a emblemas que cambian el mirar.
Sus libros son defnitorios Y la marcan. A pesar de lo que piensen “lectores avesados” será su obra la que decidirá su suerte. Un libro de mujer sabe ganar. Aparece como fiera endemoniada para ver el mundo desde ángulos unipersonales que suelen ir directo al emblema del tiempo por encima de contextos o ideologías pasajeras.
“El infinito en un junco”, de Irene Vallejo, afán de ser gente. Su autora, mientras reconstruía la historia del libro, tuvo el coraje de ir más lejos: rescata ciertos episodios donde el tomo impreso funge como protagonista de la condición humana, sin importar los intereses mercuriales que regían en el mercado de valores de ayer.
Lo sucedido en la antigua Grecia es revelador: el escritor solo tenía oídos para escuchar palabras laudatorias de su libro gracias a la pericia y olfato de un buen copista, de esos que hoy se llaman “impresores”. El escritor ordenaba al copista tantos ejemplares de la obra para distribuirlos entre admiradores, amigos y bibliotecas.
No existían editoriales ni librerías, y el libro impreso daba prestigio a su autor. Bajo ese criterio Homero, Esquilo y Sófocles, entre muchos otros, publicaron. Solo que aquellos manuscritos con la firma del copista, llegaron a otros puertos donde se hicieron famosos a partir de las historias personales que se trasformaron en leyendas y se convirtieron en paradigmas de la Gracia antigua.
Con el paso del tiempo se naufraga otra experiencia. El copista ahora es sinónimo de imprenta donde los libros se reproducen a un costo vinculado a la cantidad de ejemplares que ordena el escritor (pagados de su bolsillo, o de generosos patrocinadores que por razones afectivas o de conveniencia deciden invertir como tributo al autor) aunque las palabras impresas no tengan el valor exigido para cubrir los gastos de papel, tinta, portada y coloración.
Es complicado entender que una vez existieron hombres que dedicaban su tiempo al saber acumulado y se paseaban por los parques, monumentos o salones de encuentros donde tiempo después sucedían “tertulias” y sus conocimientos tomaban forma. Siempre inan vestidos modestamente, Eran como desperdicios olvidados. Los ratones pasan factura.
Antes de Cristo, el sabio acudía a los comercios con humildad. Y allí se suplía al escritor para reproducir veinte o treinta copias de su libro.
Hoy, sucede lo contrario. El hecho de obtener un alto premio literario con una obra impresa, genera recelos, envidia y comentarios de pasillos. Ya el ser humano no se alegra por incorporar otra fuente de saber a su conocimiento sino que lamenta la aparición de un tomo sin su firma que supuestamente lo alejará de los balcones de la gloria efímera.
Cuando el miedo es vencido, el ser humano puede continuar una línea de sabiduría hasta tocar fondo. La ignorancia sabe esconderse. Solamente la sabiduría mercantil, bibliófila, conductal o enciclopédica podrá hacer volver la mirada cuántica hacia los puntos de inflexión.
Desde 2011 enfrento problemas de salud y cada año, debido a esas pertinencias, reparo algo en mi cuerpo que no anda bien. Cuando los años anuncian su llegada no lo hacen con himnos ni trompetas, sino con golpecitos oculares, caries, hernias, nódulos, reflujos y ruidos biliares, entre otros trances que me llevan a recurrir a la suerte de peritos. Recientemente una operación unida a zumbidos umbilicales, me obligaron a recurrir a los galenos. Pasé más de una semana entre turnos, filas y pago de facturas, para recibir consejos clínicos y ordenar estudios, análisis, radiografías que requerían más filas, más turnos, más facturas y la pérdida de un tiempo que pudiera dedicar al estudio de los pasajes de Homero o el pensamiento de Sófocles.
Ante tanto ajetreo, congojas y caídas no programadas tuve que procurar a mis antiguos médicos para recibir orientaciones que ya sabía y aplazar las urgencias crecidas en mi testa como cortinas de humo.
Estos son tiempos de burocracia convertida en ave de rapiña enseñando su doblez. Por fortuna, tengo un médico de cabecera, que me conoce de arriba abajo y me quiere como si fuera su padre. Me salvó la vida en 2011 y desea mi sobrevivencia unos años más para ver crecer a mis nietos. Pero otros científicos se asustan al conocer que, como el monstruo de Frankenstein, mi cuerpo enfermo carece de valores, sino que es un saco de carroña. Piensan que donde una vez creció una hipótesis creíble, hoy sobrevive una factura desconfigurada y un saco de huesos que no sabe rendirse. Necesito leer mucho más. La mente explora un lenguaje perceptible que solo los libros darán cuenta. Tal vez encuentre el espacio apropiado para degustar un nuevo libro, en vez de chequear mis correos, o mirar tonterías en la red. Me conocería un poco más como persona antes de dormir.

