OTEANDO

De vuelo y zumbido sírfido

El mundo se ha llenado de expertos, padecemos una pandemia de ellos, como si los relegados se hubiesen dado cuenta de que, si no se proclaman tales, no tendrán oportunidad de abrirse espacio ni social ni políticamente: abundan los expertos en ciencias, en tecnología, en ciencias aplicadas, en estrategia militar, pero sobre todo en geopolítica. Sí, en geopolítica. De todos los términos de la lexicografía española, y por qué no, de cualquier idioma existente hoy, el de “geopolítica” se ha instalado en los marcos cognitivos hasta de neonatos como un tirano que se resiste a ser desposeído del poder. Y he aquí que, combinado uno y otro fenómeno, acaso “síndrome” -la proliferación de expertos con la proliferación del uso del término “geopolítica”-, hemos terminado padeciendo los insufribles personajes especiosos que, con los peores galimatías, presumen de expertos en la bendita geopolítica.

La cuestión viene a cuento a propósito de haberme encontrado, por accidente, el sábado pasado, en un escenario donde se “debatía” -si bien no estoy seguro de que aquello alcanzara tal nivel- acerca de la incursión del Gobierno de los EE.UU. en Venezuela en la madrugada de aquel día. Me tocó, para mi suerte o desgracia, encontrarme con uno de estos personajes que padecen lo que se denomina el “Efecto Dunning-Kruger, es decir, cuando la gente carente de habilidades en un área decide sobreestimar su competencia al respecto. Nuestro protagonista, acostumbrado a “servirse con la cuchara grande”, habida cuenta de que “en un país de ciegos, quien tenga un ojo se reputa rey”, se regodeaba túrgido al son de los turnos que repartía el moderador para que se les formulaban preguntas.

Al llegar mi turno, aclaré que no tenía preguntas, sino mi genuina conjetura sobre el particular, lo que pareció herir el ego del experto acostumbrado a su odioso monólogo y víctima de su narcisismo discursivo: el pobre hombre me respondió sobre dialéctica hegeliana, cuando mi planteamiento fue sobre realismo político, mezcló “LAS GUERRAS MÉDICAS” con “LA GUERRA DEL PELOPONESO” y, en fin, intentó hacer el acostumbrado arroz con mango con el que suele sorprender a más de uno. Me limité a señalarle sus yerros y extravío de enfoque; pues, nada tiene que ver el sistema de pensamiento hegeliano y su “Fenomenología del espíritu” con el enfoque tucidídeo del realismo político, presente en su obra cumbre “HISTORIA DE LA GUERRA DEL PELOPONESO”, ni tanto menos esta última con “LAS GUERRAS MÉDICAS”, ni en sus causas ni en sus consecuencias. Sin duda, se trata de un alma de vuelo y zumbido sírfido. 

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