Reminiscencias
Dos opiniones de personajes legendarios de la Lucha Antidroga Mundial sobre un humilde Juez dominicano
El 24 de febrero de 2008 fui a Puerto Plata a acompañar en su sepelio a Juan María Severino. Incluso, a solicitud de sus hijos me tocó pronunciar algunas palabras sobre la vida de ese juez formidable de la República, ante el cual tuve que declarar 45 horas de pie, sin receso, durante 5 días.
Se conocía de un juicio criminal contra un expresidente de la República, ya fallecido, y participaban 13 abogados en la defensa y 2 abogados en la acusación privada, que fuera televisado en sus 2,000 horas de duración.
En estos días en que me encuentro sentado a la vera del camino de mi ancianidad, me ha asaltado un sentimiento extraño, porque me hace recordar cómo fue tratado en los últimos años de su vida aquel portento de honestidad y valor por los intereses, siempre dominantes, de los poderes oscuros.
Ahora que estoy viendo en estos momentos tantas cosas inconcebibles que están ocurriendo en la República, tanto en la administración de justicia, como en las inconductas de funcionarios de los más altos niveles, me vinieron a la mente dos opiniones, que las quiero traer por la importancia de quienes me las dieron en momentos y lugares diferentes, sobre lo que significaba para una sociedad tener un Juez como Juan María Severino.
Giuseppe "Pino" Arlacchi, sociólogo italiano reconocido mundialmente por sus estudios y ensayos sobre la mafia, amigo íntimo del Juez y Mártir Giovanni Falcone, a cuyo entierro asistieran monarcas y Jefes de Estado de todas las latitudes.
Me dijo Arlacci, refiriéndose a éste: “Era el conocedor más profundo del comportamiento de las Mafias y, naturalmente, no podría sobrevivir a sus arrestos valerosos de juzgarles a centenares de sus más importantes capos.”
Pues bien, acerca de Juan María Severino, en tono admirativo me dijo en una entrevista de las muchas que tuvimos cuando desempeñaba la presidencia del Consejo Nacional de Drogas: “Ese juez merecería el premio más alto en la lucha contra la droga del mundo. Me he enterado que ha llegado a términos que los propios sometidos a acusación sobornan, cuando pueden, al Ministerio Público, para que no se le envíe a su Séptima Cámara, porque saben de su rectitud y de su absoluta indiferencia frente a los peligros de muerte. Es un equivalente de lo que fuera Falcone hasta su muerte. Un tesoro de la defensa de sus pueblos.”
Por otra parte, Barry McCaffrey, Director de la Oficina de Política Nacional de Control de Drogas, en una oportunidad diferente caímos en el tema del papel de los Jueces en la lucha mundial contra la droga y me dijo: “Según todos mis informes, es un magnífico Juez valladar, que ha terminado por ser temido por las bandas mafiosas, porque su vida misma es un sacrificio permanente en favor de su sociedad”. Así me decía, algo risueño: “Resulta más valioso que los Jueces nuestros, que en general están sometidos a esos pactos de Delación Premiada y una inclinación a soltarles y desentenderse de sus propias sentencias, que usted con mucha razón siempre me la ha señalado como una falencia de nuestro sistema.” Me dice, además, usted, “que el hombre fue peón de muelles en su primera juventud, luego abogado y oficial de policía, antes de ser la estrella que es en el juzgamiento del narcotráfico.”
Esos testimonios yo los he querido traer a esta Reminiscencia, porque me estremece recordar cómo los usé en su panegírico, en aquella tarde triste de Puerto Plata, habiendo estado en la modesta casita de piso de madera y el ataúd más simple donde se velaba a aquel coloso de la honradez. Y le decía a algunos de los amigos, y luego en el panegírico: Conoció de casos de capos importantísimos, extranjeros, y detrás de su crucifijo pasaron millones de dólares para soborno, que no se atrevían ni siquiera a proponerlo y miren cómo muere. De un ejemplo así como éste es que la República necesita valerse.”
Comprenderán ustedes que en mi recordación estoy haciendo un esfuerzo para no detenerme a calificar la ruina de estos momentos. El hecho de que condenara a 20 años a un Expresidente y a oficiales militares y policiales y a pequeños zares enriquecidos por la cercanía a la presidencia, eso sólo bastó para que entonces pseudo periodistas amarillistas dedicaran su atención al hundimiento de sus valerosas virtudes.
Hoy, 17 años después, yo recojo esos recuerdos y siento cierta ira por esa inconsecuencia y doblez que lapida con el descrédito de un olvido perverso, pretendiendo despreciarle, y él, desde su tumba, podría levantarse sonriendo y decirles a los que encabezaron la gran campaña de borrarlo del agradecimiento nacional y escupir sobre su memoria: “Ahora soy yo el que puedo reir, porque el tiempo que ha pasado, los amigos reales y la gente del pueblo que me recuerda los reprochan por haberme encarnecido tan injustamente. Yo, un humilde juez, muero en la miseria, pero mi sociedad terminará por reconocerme los servicios que les hiciera en mis esfuerzos para contener esa maldición del mundo, la droga, que nos llevaría a un presente intolerable y vergonzoso.”
Juan María Severino, te aseguro en las dimensiones que te encuentres, que mientras más tiempo pase, mejor y más noble será tu recuerdo.
Se trata de una especie de ajuste de cuentas. Desde luego, han hablado los hechos.

