Desde mi pluma
Stephora
Stephora Joseph, de 11 años, falleció durante una excursión escolar, un hecho que desde entonces permanece bajo investigación y sobre el cual aún no se han ofrecido explicaciones concluyentes.
Hablar sobre el caso es un tema delicado que exige algo más que opinión, exige coherencia, respeto y responsabilidad. Aun así, las palabras parecen difíciles de encontrar cuando se escribe desde la impotencia.
Creo que muchos vemos en esa niña el rostro de alguien querido, de un hijo, una sobrina, una ahijada. Era pequeña, sana, inocente, amada por su familia, tenía sueños y toda una vida por delante. Y quizás por eso duele más, por eso quema y enoja, no solo por su muerte sino también por las circunstancias tan poco claras que la rodean.
Porque aunque somos hijos del destino, es irreal aceptar que algo que debía convertirse en un recuerdo feliz (una excursión escolar) haya terminado como terminó.
Y como si fuera posible empeorar el escenario, estamos hablando de una tragedia en la que al día de hoy persisten más vacíos que certezas.
Hay tanto que preguntar por cómo se manejó todo desde el centro educativo, por la lenta respuesta de las autoridades, por un proceso que, aunque se supone debería darle claridad y sosiego a la madre y a toda la sociedad expectante, lo único que ha hecho es sembrar más dudas y especulación.
Hay que preguntar el porqué de ese silencio en ese aspecto, y contradictoriamente, el porqué de tanto ruido en comentarios innecesarios que quieren convertir la vida humana en un debate de nacionalidades, como si una vida fuese menos valiosa por ello. Hay que preguntar si alguna vez sabremos qué pasó en realidad.
Lo que toca como sociedad es no dejar de mencionar el nombre de Stephora, porque más allá del miedo a no obtener todas las respuestas, lo que no se puede perder es la voluntad de exigirlas.

