VIVENCIAS
María, presencia que conduce a Cristo
Más que discutir si María es corredentora, mediadora o intercesora, lo esencial es comprender su inclusión única y sublime en la obra de salvación. No se trata de una intervención paralela a la de Cristo, sino del fruto de su íntima comunión con Él. Aceptando libremente ser madre del Hijo de Dios, acogiendo al único Mediador entre Dios y los hombres y, movida por el Espíritu, se unió al designio redentor del Padre. Su sí fue un acto consciente y total, pronunciado con fe inquebrantable, que la convirtió en colaboradora fiel y permanente en la redención del mundo y madre espiritual de todos los creyentes.
Recorrió con Jesús el camino del sufrimiento y la entrega absoluta. Unida a su Hijo no solo por la maternidad biológica, sino también por su participación espiritual en el misterio de la cruz, participación que no radica en eficacia propia, sino en la unión perfecta con Cristo, causa única de la salvación. Presencia que sigue viva a través de los milagros y favores que, por medio de su Hijo amado, continúan revelando la ternura, compasión y misericordia de Dios hacia su pueblo. En cada santuario y oración confiada, María sigue mostrando que su cercanía maternal no cesa y que su misión es llevar a todos hacia Cristo.
María fue la primera redimida y la más plenamente asociada al Redentor, reflejando la respuesta perfecta de la humanidad al amor divino. Protección maternal expresada en los méritos de su fidelidad que recuerda que toda gracia proviene de Cristo, a quien ella siempre conduce.
Lo demás, ciertamente, pertenece al ámbito de la elucubración teológica.

