VIVENCIAS
Billo en mi memoria
Luis María Frómeta Pereira (Billo Frómeta) fue parte entrañable de la banda sonora de mi vida. Desde joven lo seguí con devoción. Aún recuerdo mis recorridos por la calle El Conde, buscando con entusiasmo cada nuevo disco. Reuní toda su música, primero en vinilos, luego en CD. Hoy sigue viva en mi casa y en mi alma, sin necesidad de Spotify.
En 1974 viajé a Venezuela y, gracias al Dr. Mogollón, amigo de mi hermano, hablé con Billo por teléfono. Me invitó a una fiesta donde tocaría con su orquesta, pero ya tenía el vuelo de regreso. Me quedó la espina de no bailar con su orquesta, dueña de un ritmo inconfundible. Fue una oportunidad única que guardo con gratitud y melancolía.
Cuando Billo regresó a tocar en República Dominicana en 1963, luego de la caída de la dictadura de Trujillo, yo vivía en San Juan de la Maguana. Ese reencuentro fue más que un concierto: representó el regreso de un hijo musical al país que lo vio nacer, tras años de exilio injusto durante la era trujillista.
En Venezuela se hizo leyenda, y allí también murió, en 1988, dejando un vacío inmenso. Su entierro fue apoteósico. Siempre me pregunté por qué se mueren los grandes cuando más los necesitamos. Pero su legado sigue vivo.
Canciones como “Caracas Vieja”, “Dominicana” y “Juanita Bonita” dejaron una huella profunda en mí. Con Billo entendí que se puede amar a dos patrias, que la nostalgia se canta, y que una orquesta también habla cuando toca el corazón.
Aunque nunca bailé con su orquesta, su música sigue marcando el compás de mi memoria.

