Cien años
Se llamaba Julio César Castaños Espaillat, el menor de los varones de una familia de cuatro hermanos. Huérfano de madre desde muy niño. Suceso este que lo marcó para siempre con un leve dejo de melancolía.
Maestro por vocación y por necesidad, fundó a la edad de 17 años una escuela normal en Moca junto con un amigo, entusiasmados por la idea de que ese pueblo no tenía educación superior, e impartían todas las asignaturas. Años después, hacía de auxiliar de contabilidad en la “Grenada Company” de Montecristi y se preparaba para estudiar Derecho en la Universidad de Santo Domingo.
Siempre me contaba con gran satisfacción que el primer día que ingresó a las aulas de la vieja universidad, comentó con algunos condiscípulos que “algún día él sería rector de esa universidad”. Y me expresaba que muchos se rieron. Años después el periódico “Le Monde” (París, 1962) lo ponderaba como “El Rector más joven del mundo, de la Universidad más vieja de América”.
Sospecho que fue influido en su juventud de forma determinante por la “Moral Social” del señor Hostos y por la novela “Qué verde era mi valle” de Llewellyn y, por Dumas por supuesto. También por Julio Verne. Me inclino a pensar que su robusta fe en Dios, que lo acompañó siempre como un escudo protector, la heredó de su padre, alimentándola siempre con una constante oración personal (nosotros aprendimos a orar viéndolo a él hacerlo siempre).
Ejerció la abogacía notablemente. Y de ella vivió toda la vida. También fue profesor universitario desde el año 1955 cuando ganó su “Cátedra por Oposición”, en Derecho Romano, en la entonces única universidad del país.
Pocas veces me sentí tan orgulloso de él como el día de la Convención del Partido Reformista el 16 de marzo de 1986, cuando se presentó como precandidato presidencial por esa organización y siendo recibido por gran parte de los presentes con un abucheo y con rechiflas. A seguidas, tomó el micrófono pronunciando un discurso tan encendido a favor de la democratización de ese partido que la multitud terminó aplaudiéndolo delirantemente. Y al finalizar el acto, me dijo muy sonreído: “Hoy he vivido personalmente el poema “IF” de Rudyard Kipling, he enfrentado una muchedumbre conservando la virtud”.
Hombre de gran carácter y tenacidad: de insondable serenidad, sentido de justicia y profunda vida interior. Vivió una especie de sacerdocio familiar. Padre amigo, esposo ejemplar. Hizo de mi madre una mujer feliz, y del hogar una escuela para la vida, donde nos predicaba con su ejemplo el espíritu de sacrificio.
De él aprendimos el amor a la política, a las cosas de la República. Aprendimos a participar y a interesarnos por los problemas nacionales. Repetía mucho que el desinterés y la escasa participación de los más aptos, le abría las puertas a la mediocridad.
Todavía recuerdo en plena Revolución de Abril (en 1965) el día que papá le dio un boche al sargento de apellido Chapas que comandaba una patrulla norteamericana, todo porque el hombre le había pedido permiso para utilizar la piscina de nuestra casa, y él le había replicado que solo sobre su cadáver pasaría el pelotón al patio. Ese día nos acostamos todos muy agitados y contentos. Habíamos recibido una lección patriótica inolvidable, incluyendo por supuesto a Chapas.
Al meditar en su vida pública, siempre me asalta la tentación de compararlo con el “Piñón Cubano” resistente a la sequía, y que se lo echan al ganado cuando se acaba el pasto. Muchas veces vi cómo le tocaban empresas difíciles; comenzar cosas, trazar límites, abrir caminos; institucionalizar. En el fondo tenía una especie de vocación al martirio y al sufrimiento. Era severo consigo mismo por el cumplimiento del deber. Capaz de arriesgarlo todo por defender un principio moral.
A raíz de que renunciara a la candidatura presidencial por el denominado “Acuerdo de Santiago” en el año de 1974, me escribió el 7 de febrero una carta donde me explicaba pormenorizadamente las razones de su decisión, y me decía textualmente: “Sabes que esto no me baja la moral ni el espíritu de lucha que de un pobre muchacho me han llevado a ser lo que soy. No dejes que te chantajeen tu espíritu; te he enseñado y has aprendido, que eso es lo único que tenemos los que llegamos a la vida con las manos vacías”.
Me parece que su intensa vida de servicio la podríamos simplificar en tres palabras: Educación, Justicia y Trabajo.
Educación, fue maestro primario y secundario; profesor universitario de varias facultades, Rector de la UASD tres veces y Secretario de Estado de Educación.
Justicia, ejerció la profesión de abogado durante más de treinta años, llegando a ser presidente de ADOMA y Procurador General de la República.
Trabajo, su vida fue un culto al trabajo en todos sus aspectos, siendo uno de los primeros abogados de sindicatos en el país, y murió siendo Secretario de Trabajo.
El sábado de mayo de 1987, antes de morir, me obligó ya moribundo a que le pusiera los pantalones y los zapatos para ir a la Secretaría de Estado de Trabajo, y al momento se desplomó en el lecho, de donde no se levantaría más.
Pocos días después, terminaba en profunda paz una vida de luchas y esperanza.
Hoy en el Centenario de su nacimiento recuerdo, perfectamente, que el día que lo enterramos en el Cristo Redentor, lo vi irse contento y desnudo, se fue abriendo camino… y nos dejó el futuro.

