SIN PAÑOS TIBIOS
¡Un gobierno en línea!
Entre las contradicciones del capitalismo, la coexistencia entre el hambre y la obesidad resulta paradójica. Como afirmó Máximo Torero –Economista Jefe de la FAO–, “República Dominicana es uno de los países que ha logrado mayores avances, reduciendo el hambre del 11.6 % en el período 2010-2012 al 3.6 % en 2022-2024.
En el evento “Estado de la Seguridad Alimentaria Global, Regional y Nacional, Factores Impulsores para la Erradicación del Hambre y la Pobreza” –celebrado el pasado jueves–, el presidente Luis Abinader pudo jactarse al decir: “Bajar a 3.6 % en la subalimentación es un gran logro, cuando nosotros lo recibimos en 8.7 %”. Y llevaba razón, pues los datos están ahí.
Señalaba Torero, que “El aumento de la obesidad en adultos en la República Dominicana y la alta tasa de casi 30 % son preocupantes”, algo que no es ajeno al gobierno, que ha dado pasos concretos en materia de alimentación escolar. De hecho, el propio Abinader reconoció que (la obesidad) “es algo que nosotros tenemos que atender y accionar, porque eso acarrea otras consecuencias”.
Quizás, previendo la reacción de su jefe sobre la obesidad, muchos de sus funcionarios se adelantaron en el tiempo a esas declaraciones, y, siguiendo los pasos de artistas de Hollywood, modelos, cantantes, influencers, etc., se sumaron entusiastas a la tendencia de recurrir a fármacos “agonistas de incretinas”, sobre todo del “receptor del péptido-1” (según Google, obvio).
Vamos, que a la moda de puyarse Ozempic le siguió Mounjaro, Wegovy, Saxenda, etc. Con medio gobierno “a dieta”, los nombres de los doctores que tienen, indican y aplican las dosis del medicamento seleccionado, se guardan como secreto de Estado; en una suerte de mentira colectiva comúnmente acordada, que conmina a felicitar al funcionario por lo bien que se ve o lo flaco que está… como si todos no supiéramos que hace trampa.
Casi como si tuviéramos la obligación de felicitar a Armstrong por sus siete Tour de France, aún a sabiendas de las transfusiones sanguíneas, corticosteroides y todas las trampas que hizo para “ganar” la carrera.
Si –en sentido general– la obesidad es consecuencia de un patrón de hábitos de consumo que se sostiene en comportamientos y actitudes, lo primero que hay que hacer para enfrentarla y revertirla es cambiar el paradigma dominante, porque sin eso, todo resultado es temporal y reversible.
El “efecto látigo” no sólo es físico, es mental. El camino corto siempre está lleno de tentaciones y “truquear” al páncreas no es tan simple como maquillar encuestas, ajustar estadísticas, pagar tendencias en redes, o poner a sonar bocinas en los medios donde hablan, escriben o publican.
La potencial relación entre algunos de estos fármacos y el incremento de Neuropatía Óptica Isquémica (NAION) –investigada por Hataway et al (2024)–, quizás podría explicar la ceguera que sufren muchos funcionarios ante críticas hechas a su gestión (o al propio gobierno).
Sobre esta hipótesis, aún no hay estudios concluyentes.

