MIRANDO POR EL RETROVISOR

El librito para gobernar

Los presidentes que hemos tenido desde que ajusticiaron en 1961 al dictador Rafael Leónidas Trujillo quizás no han tenido un asesor como Nicolás Maquiavelo, quien orientó al príncipe Lorenzo de Médici, apodado “El magnífico”, en el arte de gobernar.

Eso sí, cada uno al parecer aplica el mismo librito para el ejercicio del poder, con sus particularidades y coincidencias.

Ese catálogo para gobernar se ha hecho tan común que la mayoría de las actuaciones de los presidentes de la República resultan predecibles para los ciudadanos.

Una norma del librito establece la necesidad de nombrar como asesores del presidente en el área que ostentaban a funcionarios destituidos, especialmente del ámbito policial y militar, aunque su desempeño haya sido deficiente.

El arte de gobernar indica que una vez fuera, hay que garantizarle al “desdichado” que se mantenga dentro de la parafernalia del poder.

El librito establece las ventajas de ser populista, claro con sus particularidades para diferenciarse de anteriores mandatarios. Por eso la variedad, como “pararse en los semáforos en rojo”, “camuflarse para visitar un hospital”, “usar guayaberas y sombreros”, “saltar charcos” o “comer chicharrón en la vía pública”. Claro, dentro del populismo, algunas poses son comunes a todos, como abrazar niños y ancianas para mostrar sencillez y empatía.

El manual para gobernar al parecer enfatiza sobre definir un estilo. Se puede ser un presidente atípico, apelando a un comportamiento chabacano y lenguaje soez; o teorizar tanto que finalmente te creas el único con capacidad para conceptualizar en el país; ser un presidente mudo o por el contrario hablar más que un loro.

El librito aconseja no hablar de reelección en los primeros años de gestión y reiterar que el interés principal es concentrarse en trabajar para el beneficio de la nación. Algunos llegan hasta a despotricar contra una eventual repostulación, pero terminan aferrándose al continuismo, aunque eso signifique hasta tragarse un tiburón podrido.

Otra sugerencia de la guía es culpar al anterior gobierno de todos los problemas que no puedas resolver, aunque te hayan elegido para eso, con el aditivo de usar la lucha contra la corrupción como un arma para liquidar las aspiraciones de ese partido de retornar al poder.

Según el librito de los gobernantes dominicanos, es ideal aprovechar los foros en el exterior para reclamarle a la comunidad internacional su indiferencia con la eterna crisis en el vecino Haití.

Nada de admitir que es una responsabilidad nuestra controlar la migración ilegal haitiana, ni tampoco que esa entrada descontrolada de indocumentados también aporta mano de obra barata en diversas áreas clave de la economía nacional.

Los jefes de Estado toman un camino como estandarte. Pueden sobresalir por implantar la cultura de la beneficencia en lugar de generar oportunidades de progreso para todos, la construcción de pomposas obras públicas, hacer visitas “sorpresa” que no son tales o presumir de tener un ministerio público “independiente”.

La cartilla también recomienda al presidente de turno vender la imagen de que trabaja mucho, nada de delegar en funcionarios los logros de la administración, aunque eso implique estar presente hasta en la inauguración de una letrina.

Lo que no se entiende es que con tantos desaciertos acumulados en el ejercicio del poder, los gobernantes sigan apelando a un librito que solo aporta frustración y desaliento cada cuatro años. Quién se atreverá algún día a derogar ese reiterativo manual para gobernar.

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