PENSAMIENTO Y VIDA
San Pablo y la resurrección
Providencialmente para nosotros Pablo abordó en profundidad el tema de la resurrección de Cristo y de su repercusión en nosotros. Había sido el mismo Jesucristo el que había profetizado su resurrección: “me crucificarán pero yo resucitaré al tercer día”, “destruirán este templo y yo lo reedificaré al tercer día”. Los habitantes de Corinto influenciados por los planteamientos de sus filósofos le mostraron a Pablo repugnancia para admitir lo que les predicaba sobre la resurrección de Cristo y su repercusión en nosotros. Los filósofos griegos defendían que el cuerpo era pura materia, algo puesto al principio vital el alma que durante la vida estaba aprisionada y que esa materia estaba destinada a perecer. La antropología de Pablo, judío de nacimiento, era muy distinta. Era la judía. El ser humano es “basar”, “nefes” y ruah”: materia animada, espíritu encarnado y soplo o animación divina. Gracias a la actitud de los Corintios, Pablo en su primera carta a ellos, abordó valientemente en toda su profundidad el tema de la resurrección. Pablo comienza recordando algo fundamental: Cristo resucitó y se mostró vivo, transfigurado, al salir del sepulcro, a muchos. Esta afirmación, este hecho, se basa en la experiencia indiscutible de los que se encontraron con él. Algunos, remacha Pablo, viven todavía y pueden ser consultados. Establecido el hecho, Pablo arguye: si la resurrección de los cuerpos fuese algo imposible, Cristo no habría resucitado. Y consecuentemente nuestro mensaje sería falso y nuestra fe carecería de fundamento. Además él y los apóstoles serían unos impostores por proclamar una falsedad y los corintios y todos los seres humanos permanecerían en el pecado. Entonces Jesús no sería otra cosa que uno de tantos sabios. Sus hermosas enseñanzas no habrían cambiado en nada el mundo y nos habría dejado en la miseria. En este caso los que murieron con él, han perecido para siempre. No viven ya ni hay esperanza de volverlos a ver. Qué decepción tan grande para aquellos paganos que se hicieron cristianos con la esperanza de volver a reunirse con sus seres queridos ya muertos. Por otro lado, si la vida presente no se abre a una esperanza de vida definitiva y gloriosa en el más allá, para qué creer en Cristo. Ser cristiano no comporta más que dificultades, sufrimientos y persecuciones. Eran ya los tiempos de las crueles persecuciones romanas contra los cristianos. Seríamos, por tanto, los cristianos, los más desgraciados de los seres humanos. Sería más rentable acogerse al lema de los estoicos: “comamos y bebamos que mañana moriremos”. Presentada la situación cristiana de no haber resucitado Cristo y subrayada de este modo la importancia de la resurrección de Cristo para la fe cristiana, Pablo airoso sintetiza su planteamiento gritando: “pero no, como les he dicho, Cristo resucitó”, es un hecho histórico con testigos que aún viven; y lo mismo que la primera espiga anuncia la cosecha, su resurrección anuncia la nuestra. Los cristianos de Corinto se hacían otra pregunta, que se la han hecho también los cristianos de todos los tiempos. Esa pregunta es ¿cómo vamos a resucitar?, ¿con qué cuerpo lo vamos a hacer?, ¿recobrará el cuerpo su vigor perdido o resucitará con un cuerpo desfigurado, con las heridas de la vida? Tal cuestionamiento dio pie a una de las páginas más antológicas del cristianismo, escrita por San Pablo. Ante todo, se pregunta ¿por qué el cuerpo resucitado tiene que ser absolutamente idéntico a lo que era en la tierra? El grano que se siembra no se parece en nada a la espiga de trigo que surgirá o al árbol en que se convertirá. Nuestro cuerpo resucitará glorioso, transfigurado. Sembrado corruptible, resucitará incorruptible; sembrado en la podredumbre, resucitará en la gloria; cuerpo de ser humano sin más, vivirá de nuevo trasformado por el Espíritu Santo siendo semejante al cuerpo glorioso de Jesús resucitado. El cuerpo de Jesús resucitado desbordaba divinidad e irradiaba Espíritu Santo. Y este Espíritu Santo, fuente de vida divina, rodeará y penetrará los cuerpos de los resucitados, llevando a su plenitud la divinización que inició en ellos durante su vida mortal. Nuestro cuerpo se parecerá al de Jesús resucitado. Por tanto será el mismo y distinto a la vez. Él mismo. En un relato evangélico de la resurrección vemos cómo el Apóstol Santo Tomás vio la señal de los clavos y de la lanza en el costado del resucitado. Nosotros también tendremos un cuerpo resucitado relacionado con la historia de nuestras vidas. Guardaremos las señales, las huellas glorificadas de lo que hayamos hecho y de lo que nos hayan hecho. Nada de lo que haya marcado nuestro cuerpo, el trabajo, la valentía, los peligros que hayamos corrido, la abnegación, el sufrimiento perecerá. Pero, al mismo tiempo, será distinto, como es el de Jesús resucitado. La prueba es que sus amigos, sus discípulos no lo reconocieron, cuando se encontraron con él a pesar de haber vivido tres años con él. Jesús tuvo que hacer un gesto, decir una palabra para que reconocieran que era ciertamente él (Lc 24, 28-42; Jn 20, 16; 21, 5-9). Por otro lado ese cuerpo resucitado presentaba unos poderes inauditos, haciéndose repentinamente presente en un lugar a pesar de estar cerradas las puertas y de pronto dejaba de estar allí. Tenemos en esto una pequeña prueba de las posibilidades ilimitadas de que gozarán nuestros cuerpos resucitados. Mientras el cristiano espera esta gloriosa resurrección, sabe que ya con el bautismo ha quedado revestido de Cristo y que participa de la vida divina. Y también sabe que la morada de su cuerpo está llamada a ser destruida por la muerte. Por eso aspira a que el Espíritu Santo, esa fuente de energía divinizante, transforme también su cuerpo. Al morir, su Yo, su personalidad, se encontrará al lado del Señor. Dice textualmente San Pablo en su segunda carta: “Deseo dejar el cuerpo para estar ya junto al Señor” (2 Cor 5, 6-8). La muerte, pues, no es una caída en la nada, el término de todo. Lo habían presentido ya algunos filósofos griegos como Sócrates. Pablo proclama que la muerte es encuentro definitivo con el Señor y lanza un grito: “cuando vuelva el Señor, cuando estos seres mortales que somos nosotros se hayan revestido de inmortalidad, entonces el triunfo será completo. La muerte, ligada al pecado y al mal, que aparecieron en la creación, será vencida. Se realizará la promesa de los libros sagrados. Transportado dice textualmente San Pablo: “Entonces cuando esto corruptible se vista de incorrupción y esto mortal de inmortalidad, se cumplirá lo que está escrito: “se aniquiló la muerte para siempre”. ¡Muerte!, ¿dónde está tu victoria?, ¿dónde está, muerte, tu aguijón? El aguijón de la muerte es el pecado, y la fuerza del pecado, la ley. Demos gracias a Dios que nos da esta victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo” (1 Cor 15. 54-57). Y Pablo concluye: “Por consiguiente, queridos hermanos, estén firmes e inconmovibles, trabajando cada vez más por el Señor, sabiendo que sus fatigas como cristianos no son inútiles” (1 Cor. 15, 58) No hace falta ser muy agudo para constatar que las cuestiones planteadas hace XXI siglos a Pablo por los corintios (“¿resucitaremos verdaderamente? ¿Con qué cuerpo?”) siguen siendo de actualidad. Aunque los cristianos proclamen en la misa del domingo en el credo: “creo en la resurrección de la carne”, no son pocos los que no están plenamente convencidos de ello. Por otra parte los no creyentes defienden continuamente que eso es imposible. Algunos en la palabra resurrección no ven más que un modo de expresar la transformación de la ciudad, de la vida social y económica, resultado espectacular de las personas que han dejado huella imperecedera a su paso por la vida terrenal. No importa. Como Pablo nos ha expuesto, se trata de una realidad muy distinta. Nuestros cuerpos vivirán más allá de la muerte, idénticos y distintos pero glorificados y transfigurados. Está comprometida la palabra de Dios. Esta es nuestra fe, esta es la fe de la Iglesia que nos gloriamos de profesar en Cristo Jesús, Señor nuestro.

