Reflexiones del director

La IA no va a enterrar al periodista

El otro día, como les conté la semana pasada, tuve un conversatorio con colegas de Santiago y allí saltó el tema que hoy le ronda la cabeza a medio mundo: la inteligencia artificial.

Y claro, como era entre periodistas, en menos de cinco minutos ya estábamos en el meollo del asunto, discutiendo si esto nos va a quitar el pan o nos va a ayudar a repartirlo mejor.

La mayoría coincidía en que la IA es útil, aunque da miedo. Da miedo porque ya hay quien piensa que con un par de clics y un prompt bien escrito se puede reemplazar a un redactor de carne y hueso.

No es una paranoia tonta. En otros lados ya están despidiendo gente con esa excusa.

Yo les dije lo que hemos estado armando en el Listín con más cabeza que prisa.

Lo primero que hicimos fue poner reglas claras y un protocolo interno. Porque la IA no es buena ni mala, es como un cuchillo: sirve para cortar pan o para hacer daño. Depende de quién la maneje y con qué límites.

Y les conté cómo nos cuidamos. Por ejemplo, usando el método de las “dos fuentes contrastadas” para temas delicados.

No lo inventamos ahora, pero hoy lo aplicamos con más rigor que nunca. Porque si la IA te emite un dato falso con una seguridad pasmosa, el que queda mal es uno.

Así que tenemos un equipo de verificación que trabaja en paralelo a la publicación.

Si un rumor es fuerte pero no chequeable, preferimos decir: “Esto es lo que se sabe hasta ahora” a quedar como el que dio el “palo noticioso” equivocado.

Y como no nos conformamos con dar el hecho, sino que queremos añadir contexto, análisis y migajas de entretenimiento, creamos un equipo de investigación aparte.

Porque investigar profundo necesita tiempo, silencio y paciencia. Tres cosas que escasean en la trinchera del “ahora mismito”.

No es culpa de la herramienta, es culpa del modelo de negocio y de lo que cada medio valore de verdad.

En el Listín optamos por equipos mixtos: los redactores de cobertura rápida, que son como los bomberos de la noticia, y la unidad de investigación, que no tiene la presión del cierre del día.

Porque el tiempo de inmersión es sagrado si quieres periodismo de verdad.

En cuanto a la IA, nuestra postura es clarita como el agua: es una herramienta de apoyo, nunca sustituto del juicio humano.

¿Que la IA puede redactar los resultados de un juego de béisbol, transcribir una rueda de prensa entera o resumir un informe de 200 páginas? Perfecto, úsenla.

Pero lo que no se negocia es la interpretación correcta de los hechos, la ética para elegir fuentes, la empatía para hablar con una madre desconsolada, o el olfato para detectar una contradicción. Eso es humano, eso es intransferible.

Aquí cada texto firmado tiene una mente y una responsabilidad detrás. Sustituir redactores por IA sería matar el alma del periodismo. Y punto.

Me preguntaron también qué papel debe jugar un diario con 137 años de historia –sí, 137– en educar a las nuevas generaciones para que sepan distinguir entre un influencer y un periodista profesional.

Y yo les dije algo bien simple: no podemos quejarnos de que los jóvenes no sepan si nosotros no les enseñamos. Así que toca ser alfabetizadores mediáticos.

¿Cómo? Mostrando la diferencia en nuestra propia práctica diaria. Un periodista verifica, se retracta si se equivoca, cita fuentes, separa hechos de opiniones y asume las consecuencias legales y éticas de lo que publica.

Un influencer, en cambio, no rinde cuentas a ningún código. No es lo mismo, aunque a veces se parezcan.

Por eso me gusta la idea de hacer alianzas con escuelas, producir contenido educativo en formato joven –reels, TikTok, lo que haga falta– y ser radicalmente transparentes.

Publicar nuestras correcciones, nuestras fuentes, incluso nuestros errores. Porque la transparencia, al final, es la mejor cátedra.

Así que mi consejo a los colegas de Santiago fue este: ni miedo a la tecnología, ni rendirse ante ella. Con cabeza, con reglas y con mucha calle.

¡Feliz domingo!