Felicidad conyugal, de León Tolstoi
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Que un novelista hombre escriba narraciones en las que la voz que cuenta sea la de una mujer no es ninguna novedad. Ya en el siglo XVIII, más exactamente en 1722, el simpar Daniel Defoe publicó Moll Flanders y, luego, en 1724, Roxana, dos brillantes y muy divertidas novelas en las que ambas, Moll y Roxana, son las que hablan contando sus vidas. Más cerca, recuerdo a César Aira con tres breves joyas: Yo era una chica moderna, Yo era una niña de siete años y Yo era una mujer casada; y también está Que viva la música de Andrés Caicedo. Lo que yo no sabía era que Tolstói, nadie menos que don León Tolstói, escribió una breve novela en la que hace lo mismo. Felicidad conyugal, que así se titula la traducción de Joaquín Fernández-Valdés, es una pequeña joya plena de detalles y allí la protagonista cuenta cómo se enamora de su amado, ella de diecisiete, él (Serguéi) de treinta y seis años.
“Mi héroe era completamente distinto: delicado, enjuto, pálido y lánguido. En cambio, Serguéi Mijáilych, al que ya no se podía considerar joven, era alto, robusto y siempre me parecía alegre”. Ella, María, es casi una niña; él, en cambio, es un adulto que aparece en su vida como administrador de los bienes de su padre que ha muerto. Serguéi le dice a la hermana mayor de María que “ni usted ni yo estamos ya para casarnos. A mí ya hace tiempo que las mujeres dejaron de mirarme como a un hombre con el que puedan casarse. Y, ni que decir tiene, también yo he dejado de pensar en ello, y desde entonces me siento bien, esa es la verdad”.
En cierto momento, ella se enamora perdidamente: “todas mis ideas y sentimientos de entonces no eran míos, eran sus ideas y sus sentimientos, que de pronto se habían hecho míos, se habían transformado en mi vida y la habían iluminado (…). En aquel entonces yo aún no sabía que esto era el amor y creía que podía ocurrir siempre, que era un sentimiento que uno entregaba sin más”.
La relación se transforma: “en ese momento ya no era un señor mayor que me hacía mimos y me aleccionaba, sino un igual que me amaba y me temía, y al que yo temía y amaba”. Apenas hacen explícitos sus sentimientos, Serguéi y María se casan: “de repente sentí que ya no le temía, que ese miedo era amor, un amor nuevo, mucho más tierno y fuerte aún que el de antes. Sentí que ya era suya por completo y que su poder sobre mí me hacía feliz”.
Ella es completamente feliz y eso la intriga y, oh paradoja, la hace sufrir: “me atormentaba que esta felicidad no me costara ningún esfuerzo, ningún sacrificio, cuando me sentía abrumada por el vigor en mí para el esfuerzo y el sacrificio”. Discuten el asunto y él, sabio, le dice: “te amo, por lo que no puedo sino desearte una vida sin ansiedad. En esto radica mi vida, en mi amor por ti; así pues, no le pongas trabas a mi vida”.
De vivir en el campo, pasan a una intensa vida social en San Petersburgo y en los lugares de moda de Europa. Serguéi le escribe a su madre en una carta: “no reconocerías a Masha, ni siquiera yo la reconozco. De dónde habrá sacado la encantadora y graciosa seguridad en sí misma, la afabilidad, incluso la destreza en sociedad y la gentileza. Y todo le sale de un modo sencillo, adorable, candoroso. Todo el mundo está entusiasmado con ella, y yo mismo no me canso de admirarla y, si fuera posible, volvería a enamorarme de ella aún con mayor intensidad”.
En cierto momento, con tres años de matrimonio y un niño, todo estalla. Ella vive la vida social como un vértigo. Sin estar satisfecha, sí disfruta ser la reina de la fiesta. Él no es así. Y, además, está celoso. Viene la crisis. Hasta se dan cuenta de que han pasado del amor y la pasión a la solidaridad un tanto fría de las responsabilidades comunes. No hay delirio y tienen que pasar al respeto mutuo. ¿Lo conseguirán?
