Memorias

En esta crónica urbana, el autor retrata un tiempo inolvidable cuando el amor al deporte, tanto de espectadores como de fanáticos, es solo uno de los tatos ejemplos que otorga valor a los recuerdos

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Homero PumarolSanto Domingo, RD

-Hondas ondas andan, y comandan lo que hacemos.

Quien así hablaba era Vantroy-14, uno de los aleros del equipo de basketball de la categoría benjamín de San Lázaro. Su nombre, seguido por el número de la sudada camiseta sin mangas, era la forma inequívoca de llamarlo, de mencionarlo. Aquel 14 iba más pegado a su nombre que su apellido, que nadie sabía. Aquel 14 era su apellido.

-¿Quién? ¿Aquí, en San Lázaro? ¡No ombe, aquí eso no llega! Además, deja to esa mielda, que hay que ganarle a San Carlos o ya tu sabes, 500 vueltas a la cancha, sin parar.

Quien así respondía a Vantroy-14, cuestionándolo, era Igor La grasa, playmaker del equipo. Su brilloso afro, siempre repleto de vaselina, era el motivo de su apodo. La grasa llegaba a poner fin a aquella improvisada reunión en medio de la cancha de basketball del barrio de San Carlos, pues eran las doce del mediodía y su estómago le comandaba sin parar, que terminara de una vez -ganando o perdiendo-, con aquel juego.

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Si algo potencia lo que somos, son los recuerdos. Deben estar siempre presentes en lo que somos, en cada cosa que hacemos, enseñándonos cómo éramos y qué hicimos en tal o cual situación, similar o no al presente.

Los recuerdos de infancia, además, son mejor que la mejor sesión con el psicólogo, una sesión en la que uno siente —con razón o sin ella-, que aprendió a ser mejor, a superar problemas, una sesión en la que somos paciente y psicólogo.

No se trata sólo de lo reciente que era el mundo cuando éramos niños, -todo era nuevo, acabado de inventar, de crear, de nacer-, ni de la constante lucha que teníamos para reconocerlo, al mundo, a la vida, ¿quién sabe?, también abundaba mucha ignorancia, mucha ingenuidad e ingeniosas fábulas y mitos, que a diario eran creados y que -mal que bien- nos forjaron.

“El que come pescao en Jueves Santo se convierte en chivo, en puerco, en cangrejo, en tilapia…bueno, en un vacá”, por sólo mencionar uno de tantos dichos o formas de decir que oíamos y repetíamos como verdades sagradas.

Algunos de esos dichos aún persisten y siguen pasando de generación en generación, como parte importante de religiones y creencias políticas absolutas o de primer orden, otros simplemente son sólo memoria u olvido.

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Mejor quedémonos en San Carlos de los 80 y hagamos caso al entrenador de San Lázaro, Castellano, antes que se convierta -¡ay mamá!- en un vacá y mande a to'el mundo a hacer cuchumil lagartijas y a dar dos millones de vueltas a la cancha.

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