Pintura
Los azules de Cándido Bidó
El autor rememora la figura del gran pintor dominicano ido a destiempo que dejó un importante legado en el mundo de las artes visuales
“Los artistas no regalan sus cuadros, de la misma forma en que los escritores no regalan sus libros. Yo nunca regalo mis libros, así que no diga más que va a regalar un cuadro”. Aquellas palabras de Juan Bosch lo hicieron temblar.
Su decisión de anunciarle sus deseos de regalarle su obra expuesta en la muestra colectiva de la Escuela Nacional de Bellas Artes en 1963 se correspondía con una sugerencia que instantes antes le había susurrado al oído el entonces director de ese centro educativo, Máximo Avilés Blonda, ante los comentarios del mandatario: “Es un cuadro gollesco”.
El pintor, que llevaba poco tiempo de graduado de la academia, nunca pudo olvidar cuando Bosch le anunció que iba a organizar otra exposición en el Palacio Nacional con obras de pintores dominicanos “y el Estado las va a adquirir todas para que sean admiradas por los visitantes en el recinto del gobierno”.
El presidente cumplió su palabra. Al poco tiempo de aquel anuncio, se organizó el evento y el artista recibió 350 pesos por aquel cuadro que supuestamente iba a regalar, cantidad que entonces significaba una pequeña fortuna para alguien como él, de escasos recursos económicos.
El maestro Cándido Bidó conserva esa anécdota como una experiencia impactante porque era la primera vez que estuvo frente a frente a un Presidente de la República. Y fue también la primera ocasión en que escuchó a alguien instar a darle valor al trabajo creativo del artista.
Trayectoria Cándido Bidó fue un ejemplo de laboriosidad. Trabajaba todos los días sin pensar en disyuntivas ni en incoherencias. Desde su infancia sus manos fueron apoderadas ya bien por brochas o pinceles, instrumentos que pudieron servir para descubrir el mundo de los sueños o para ganar los pesos necesarios para financiar sus estudios y ayudar a su familia.
Tal vez por su condición de saber venir de abajo hasta tocar las ánforas del cielo, Cándido Bidó fue un entusiasta promotor del arte en la niñez y en las jóvenes generaciones de artistas. El centro Plaza de la Cultura en Bonao, fue levantado con su trabajo y prestigio. Allí se organizaban infinidad de iniciativas para el desarrollo de las facultades creativas de su comunidad.
Desde los niños limpiabotas hasta los discapacitados recibían clases y estímulos materiales de todo tipo.
El azul Cándido Bidó ha tocado la irreflexión del color. Su obra es un sobresalto a favor del trópico en que vive. En esta muestra ha reunido treinta piezas donde reinventa los matices inhóspitos del azul como sitial de la noticia. No es un secreto de luz que se filtra a través de las aguas del Caribe como destello de inoperancias culteranas. Es, ante todo, una fragua creativa que invita a la magia en su expresión colectiva.
Ese es el “art poética” que el artista ha llevado a su obra en busca de un propósito mistificador. Sus obras recogen, la síntesis del sueño individual dentro del ritual de la transformación. Y en ellas, el azul lidera. Es un color que puede segregar identidad y segregarse a partir de su propia fisionomía comunicacional porque constituye la síntesis del espacio antillano.
Cielo, mar, ropas, casas, flores, mesas, jaulas, cestas y nubes saben retozar porque portan la belleza como identidad en esta parte del mundo. Es por ello que cualquier valoración crítica sobre su pintura no debe atender solamente a los aspectos externos y a su simbología (mujer sin ojos, soles amarillos, aves y naturaleza) como artista, sino a la profundidad conceptual que le imprime al color.
Cándido Bidó supo sangrar de azul sus cuadros. Y pasó intensas jornadas de reflexión donde no cabían los ensueños. Impresiona la manera deliberada de traspasar las fronteras del azul, siempre en busca del ángulo desconocido, resaltando el exotismo regional sin vergüenza ni sonrojos. Y como el azul, puede referirse también el naranja, el amarillo, el blanco, el rojo y el verde, colores que garantizan intensidad en su razón originaria.
Pequeño de estatura, pero grande en corazón y en talento, Bidó caminaba con su frente en alto. Jamás temió a las simplezas de ciertos comentarios que simplificaban la importancia de su obra debido a una “supuesta” repetitividad de elementos, espacios y maneras de trascenderlos.
El gran valor de su obra En el transcurso de su larga y fecunda carrera, Cándido Bidó conoció celebridades, tanto de la política como de la literatura y el arte. Incorruptible, pero seguro de su valor y potencial, siempre demostró ética y exigencia. Esa conducta rigurosa fue apreciada por los organismos culturales y los representantes de naciones amigas. Las invitaciones se multiplicaron, y no son pocas las instituciones museables y colecciones en el mundo que atesoran, al menos, una obra de Cándido Bidó.

