REFLEXIÓN
Desierto: lugar de amor y de prueba
Vamos a contemplar la escena que nos presenta Lucas. Visualicemos el lugar. El evangelista habla de una permanencia de Jesús en el desierto de Judá, después de ser bautizado por Juan en aguas del río Jordán. Resonarían en su corazón las palabras del Padre: “Este es mi Hijo muy amado...”. Con este ánimo que da el saberse amado, emprende la ruta. El desierto de Judá no es un mar de arena, sino una interminable sucesión de montañas y colinas áridas y desoladas, separadas por torrenteras y desfiladeros, cuyo límite oriental lo forman en gran parte los 76 km de longitud del, mar Muerto, tórrida hondonada a trescientos noventa y cuatro metros bajo el nivel del Mediterráneo. Una tierra apta sólo para beduinos y gentes con gran temple. Esta fue la tierra de los esenios de Qumrám y de Juan el Bautista. En esta tierra se formó también Jesús durante un tiempo, la tradición sinóptica reduce simbólicamente a cuarenta días por probable influjo de los cuarenta años de camino del pueblo judío entre Egipto y la tierra de Israel. Lucas es el único evangelista que habla de una movilidad de Jesús por el desierto, a la vez que resalta más que los otros su carácter de hombre del Espíritu. La primera prueba o tentación plantea a Jesús la posibilidad de subsistir prescindiendo de Dios. La segunda, una tentación muy actual, la posibilidad de renunciar a Dios, en aras de la apetencia humana de dominio humano y de grandeza. La tercera toca lo hondo del ser humano: manejo y control para fines particulares, plantea la posibilidad de servirse de Dios en beneficio propio. ¿Cuál sería el objetivo de estas tentaciones? Pues el mismo que se nos plantea hoy: cortar la corriente vital entre Jesús y Dios, es decir, la de vivir prescindiendo de Dios, renunciando a Él , o sirviéndonos de Él. El desierto es el lugar de la Palabra, lugar de amor y de prueba, de búsqueda y encuentro, donde somos conducidos a caminar hacia las metas profundas a las que todo ser humano aspira. No podemos instalarnos en nuestras seguridades materiales y mentales. Cuaresma es un tiempo para echar un vistazo a nuestra fe y plantearnos un cambio de vida; algo tendremos que revisar y mejorar. Cuaresma puede ser ese momento en que profundizamos la dimensión reflexiva de nuestra existencia cotidiana para preguntarnos: ¿Qué tipo de relación tengo con Dios? Es muy probable que el miércoles de Ceniza muchos hayan acudido a la Iglesia para recibir la “ceniza,” ese sacramental nos recuerda nuestras propias cenizas, fragilidades, incoherencias, olvido de los desfavorecidos. El que impone la ceniza dice: “Convertíos y creed en el evangelio”. Esto significa, cambiad de vida, y para eso, simbólicamente, vamos al desierto: lugar de amor y de prueba, de silencio y escucha, de tentación y fidelidad. En el camino cuaresmal emprendido somos invitados a vivir el cara a cara con nosotros mismos para presentarlo a Dios; aunque Él nos conoce, nos vendrá bien, desnudarnos ante Él. Cada una(o) tendrá su desierto particular donde entrar, “la cámara secreta”, y renovarse para vivir gozosamente la experiencia de la gran Noche de Pascua. Allí se prenderá el fuego de nuevo, mientras nuestras cenizas se habrán dispersado con el revoloteo de las campanas que anuncian el gran Misterio. Ese misterio de LUZ se hizo Hombre para iluminar nuestra débil humanidad. Todos somos invitados a ir al desierto de nuestro propio corazón; ese espacio insondable donde sólo Dios penetra y nos hace florecer. Dios habita en el campo de la fe y no a la altura de prodigios externos: malabarismos, saltos en el vacío o laberintos. Sólo quien se arriesgue a creer y a vivir lo que esto significa, podrá entender lo que JESÚS hizo en cada momento de su vida, acogió lo pequeño, lo débil, lo que, aparentemente, no tenía valor, para regalarlo en plenitud. Con espíritu sincero, vivamos el camino cuaresmal. (Datos bíblicos son de A.B. A.B. en “Dabar”).

