QUO VADIS
Una sombra que pasa
En sus diversos gobiernos, el presidente Joaquín Balaguer se rodeó de jóvenes políticos, normalmente profesionales o líderes comunitarios, que le permitían refrescar la imagen de su administración. En especial, los últimos 10 años, desde 1986 al 1996, se hizo acompañar de un grupo de jóvenes en las más encumbradas posiciones.
Estos jóvenes eran designados, muchas veces elevando desde la nada a personas totalmente desconocidas para el público, que contrastaban con la llamada “vieja guardia”, compuesta por aquellos que le habían acompañado desde hacía tiempo.
En una ocasión, le comunicaron que uno de esos funcionarios se había vuelto como loco y el cargo “se le había ido a la cabeza”, con unas aptitudes e ínfulas de poder que eran avasallantes.
Ese personaje, inmediatamente lo designaron, se mudó del barrio donde vivía y alquiló una lujosa vivienda en el Ensanche Piantini, se mandó a hacer una docena de trajes nuevos y al vehículo asignado le hizo poner “centellas”, exigiendo dos motorizados para que le abrieran paso, en unas calles en aquel entonces con escaso tránsito.
La cosa no paraba ahí, mientras los días pasaban la soberbia y prepotencia se hacían más presentes, causando constantemente problemas protocolares, pues reclamaba lugares que no le correspondían, tratando de estar siempre lo más cercano al jefe del Estado.
Es memorable la ocasión en que en una actividad de inauguración de una escuela, llegó y le arrebató de la mano el micrófono al funcionario que se iba a sentar a la derecha del presidente, reclamando que en ese lugar sólo podía ir él. Pero precisamente el acto era de la cartera del ministro desplazado. Cuando el presidente llegó, lo saludó como si fuera el secretario de Estado pautado para estar a su lado y empieza a preguntarle datos de la obra, que el desconocía. Al percatarse de la situación, Balaguer da instrucciones de qué, traigan al ministro que habían quitado del lugar, porque él era quien tenía las informaciones específicas de la obra a ser inaugurada.
Apenas al mes de su designación, se había ganado la aversión de la prensa nacional, pues varios periodistas testigos de sus actuaciones las habían reseñado.
Ya a los dos meses, estaba rodeado de un séquito de escoltas que le iban franqueando el paso hasta en su misma oficina, donde nadie se le podía acercar si no era llamado por él.
La condición psicológica del individuo se fue deteriorando cada vez más, con su presunción de superioridad: quien se consideraba “por encima del bien y del mal”. Lo que provocó incluso que los comediantes de la época empezaran a mofarse de sus actuaciones y llamarle “Kalimán, el hombre increíble”.
Todas estas cosas fueron llegando al oído del presidente, quien no concebía esta situación y un día solo comentó: “pero ese muchacho no sabe, que el poder es una sombra que pasa” y a los tres días lo destituyó. Volviendo aquel individuo al anonimato con sus miserias.

