para no reír

Derrota

Hay un sabor amargo cuando las cosas no se dan conforme a nuestros planes. Debe ser algo parecido a la derrota.

El ideario humano aunque muchas veces se imagina a sí mismo en escenarios de derrota, la verdad es que en su interior siempre quiere ganar, un comportamiento natural del egoísmo que alimenta nuestro espíritu.

Sin embargo, a pesar de que somos hacedores de nuestra vida, decisión a decisión y día a día, hay un plan mayor que supera nuestra expectativas y no permite que las cosas se den conforme a lo que entendíamos era correcto.

Momento en que aparece la decepción y ese mal sabor a derrota. Muchas veces, por no decir siempre, esa insatisfacción no permite que creemos otro plan, que agradezcamos por lo que no se dio y veamos oportunidades de mejora.

Nos quedamos con la “mala” noticia sin dar espacio a otra cosa.

No es hasta que otra buena noticia llega que entendemos el porqué de la derrota anterior, si tenemos la suficiente madurez, porque quizá el muro que construimos no de espacio a ver el arcoíris que se forma.

Verle el lado bueno a las cosas malas que nos pasan, o entendemos que nos pasan, nos hace ganadores. Le ganamos al sentirnos derrotados y caer en la victimización, le ganamos al pesimismo y su mala jugada de creernos incapaces y nos ganamos a nosotros.

Porque nos demostramos que como camaleón tenemos más de una capa y muchos colores, con la capacidad de adaptarnos a los nuevos desafíos y de hacer limonadas con cada limón que como piedra nos lance la vida.

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