enfoque
La resiliencia de la economía dominicana es admirable. Pero…
Ahora, en medio de una dramática incertidumbre económica internacional, y cuando en el ámbito económico nacional se presagiaba la catástrofe, para gran sorpresa se abren los cielos de Quisqueya, y nos cae una bocanada de oxígeno, que nos ayudará a respirar con más tranquilidad, y con una sangre revitalizada para animar nuestros espíritus, y mirar hacia adelante con mayor optimismo. Y no es que la situación de grandes nubarrones se ha disipado, pero ha pasado como en los recientes fenómenos atmosféricos que recibió la ciudad de Santo Domingo, donde una zona fue destrozada, y en otras apenas cayeron gotas de lluvias, esperando que acontecieran las anunciadas granizadas y con truenos y centellas. Así que, para sorpresas de muchos, esta economía del “moriviví” como la he denominado desde hace tiempo, por su fuerte resurgimiento cuando la dejan actuar sin trabas ni obstáculos, está reactivándose de nuevo. Esta venía deslizándose desde el pasado año, y la que para nuestros estándares, había crecido por varias décadas a un vigoroso 5%, en la presente década viene mostrando un debilitamiento para mantener la tendencia de igualar su potencial, colocándose por debajo de este, con un promedio de crecimiento anual del 3.6 % por ciento desde el 2022, siendo el más bajo el del año pasado, con 2.1% de expansión.
A principio de este año los organismos económicos internacionales, tales como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y la CEPAL, habían pronosticado crecimientos del 4.5%. Mientras que algunos como en mi caso, viendo el comportamiento del poco empuje al esperado, desde el primer mes, diagnosticamos que su recuperación sería más lenta entre 3 y 3.5%, porque un factor causante de la poca dinámica que ha mostrado, que ha sido el comportamiento desnutrido de la inversión pública, continuaba siendo peligrosamente subalimentado, prefiriéndose mantener sobrealimentado, un goloso e hipertrofiado gasto corriente, pese al sentido común generalizado y ratificado por las ciencias económicas, que en un país en desarrollo, el combustible que acelera el carro del crecimiento, reduce la pobreza e impulsa el desarrollo, es el gasto de inversión pública. Este combinado con la inversión extranjera, que trae divisas, el necesitado conocimiento, y la transferencia de nuevas tecnologías, estimulan a la inversión privada nacional a arriesgar su capital, como lo demostraron hasta la saciedad los periodos de gobiernos transcurridos durante los últimos 57 años, con la excepción de la década perdida en crecimiento del primer lustro de los ochentas, donde como en la actual década cortada con la misma tijera, se cambió el modelo económico, y del rumbo vertiginoso de crecimiento de los años setentas, impulsado por robustos gastos de inversiones públicas, se pasó a sobrealimentar el gasto corriente, produciendo a la vez crecientes déficits, para hacernos caer en el desguañangue que provocó la impagable deuda externa, tal y como lo presagia la tendencia actual que ha venido sucediendo en la presente década, y lo repito, cortada con la misma tijera de la primera parte de los 80s. Dos periodos que han castrado y cortado la dinámica económica del país.
El Banco Central en una reciente publicación, así como la CEPAL y ahora el FMI, bajan la tasa de crecimiento y la proyectan en un centrado 3.5%.
Tanto así, que el Banco Central en una reciente publicación, así como la CEPAL y ahora el FMI, bajan la tasa de crecimiento y la proyectan en un centrado 3.5%. Pero sucede que nuestra economía viciosa con el gasto de capital, se soñó, que el del sector público, iba de nuevo a recobrar su impulso, estimulando la hormona del sector privado a espabilarse, como decimos por aquí, y ya en el mes de marzo vimos un crecimiento sorpresa del 5.1%, similar a los de las pasadas décadas. Se mantendrá este impulso? todo dependerá del comportamiento del gasto público.
Sin embargo como decía don Calderón de la Barca, que los sueños sueños son, tales como fue el mío, en la mañana del viernes se amaneció con una noticia de primera plana en el Listín Diario, decano de la prensa nacional, con el siguiente título “Abinader Fortalecerá los Subsidios Sociales “ mis ojos se tornaron borrosos y pensé que me había equivocado y que decía “ en medio de la crisis, Abinader fortalecerá la productividad del país y la seguridad alimentaria, para impulsar el crecimiento, crear empleos y reducir la pobreza estructural, que ha afianzado el populismo de estado”. Craso error, no fue así. Me levanté con espaviento y retorné a la realidad de mi pensar incorrecto. El primer magistrado de la nación, aprovechando que sus homólogos políticos, y los representantes de las fuerzas vivas de la nación, se habían subido en su mismo carro demandando la protección de los pobres padres de familia, para resguardarlos del posible efecto perverso de la crisis internacional, y unidos juntos y reburujados, ha justificado su errónea política y ahora la refuerza, prometiendo aumentar la deficiente y emborrachadora política de subsidios, sacrificando una vez más el impulso en los gastos de inversiones públicas, que asegurarían un nivel de crecimiento para la nación, donde se vaya venciendo de manera permanente la pobreza estructural, creando empleos formales. Pero como esta pobreza es alimentada por la boa del populismo de estado, donde se subsidia al 51% de la población, cuando el gobierno se desgañita diciendo que la pobreza solo representa el 17%, esta decisión aumentará el desbordado gasto corriente, para incrementar a lo dao, el 34% de la población que no lo necesita, y así aumentar el despilfarro y arrastrarnos a otro desguañangue económico, debido al rápido deslizamiento hacia el impago de la deuda del estado, como lo acaba de señalar la Fitch cuando aumento la calificación de riesgo del país, pues a las calificadoras de créditos internacionales, no se les puede dorar la píldora, ni meterles gatos por liebres, como lo acostumbran los políticos del país, ante el ingenuismo, la ignorancia y el cortoplacismo de los dominicanos. Y es que el llamado pesimismo dominicano de nuestros historiadores, negados por pocos, se vuelve realidad cuando continuamos tropezando con la misma piedra, cometiendo los mismos errores que de nuevo nos empobrecen, y por eso le echamos la cuaba a Dios, como responsable de nuestros desvaríos, cuando los propios los tapamos, con el dicho aquel de a “Dios que reparta suerte”, como si no fuéramos nosotros los causantes de nuestros desastres por la inconstancia y volatilidad de nuestras políticas y pésimo proceder. Y al final no queda más que pedirle sí, ahora sí, A Dios, que nos proteja y a la Virgen de la Altagracia nos cuide de nuestros propios desmadres. Y lo que comenzamos en estas letras con optimismo, por un cambio brusco de intenciones por el timonel, lo concluimos con el pesimismo que no acabamos de derrotar por nuestras continuas malas y torpes decisiones.

