El dedo en el gatillo
Del Cuco y otros demonios
La conocí y he hablado de ella. Lo hice con el margen de error que una visita puede aceptar. Pero ahora me he desprovisto del hálito sublime de añoranzas inolvidables hundidas en el mar y a cada rato retornan a la superficie para restregarnos en la cara que continuamos viaje con el rumbo perdido.
En el barrio Capotillo de Santo Domingo florecen especímenes humanos capaces de tapar el sol con un dedo. Sobreviven o malviven. Pocos les tienden una mano. Dicen que la miseria contagia a quienes son capaces de respirar con ella. Brillan en el cielo estrellado con menor intensidad y surgen como bandadas de artefactos espaciales que pueden destruir los deseos de escapar de un círculo vicioso dando vueltas y vueltas, con los ojos vendados. No tienen rumbo fijo y auguran peligros para cualquiera que se interponga en su camino.
Allí, donde el río Ozama y las cañadas se confunden con rastrojos de inclemencias, hallé a una pipera que sin ningún pudor me contó su historia como si estuviera en el juicio final. El relato carecía de abundancia, pero lo supo resumir en largos minutos donde mostró la fortaleza de su mirada, tal vez lo único sobresaliente de aquella habitación llena de insectos andantes por paredes húmedas y a punto de pasar a mejor vida. Su orgullo y únicos instrumentos de trabajo eran su vulva y su vientre. Los puso en servicio de la procreación asalariada cada nueve meses. El fruto que alimentaba en sus entrañas, pasaba a manos de otra familia, por un precio oscilante. Todavía era joven, pero a sus cuarenta años dejaba entrever orificios en su forma de hablar y en su mente. Sus recuerdos se confundían con esa oscuridad que no distingue diferencias entre Dios y el diablo. No pretendió dinero a cambio del relato. Me miró como a uno de tantos clientes que rechazan sus ofertas. Solo me pidió que al marcharme, cerrara la puerta para evitar rumores. La policía del sector la protegía por su condición de informante. Cuando conocí su verdadera profesión, las propias autoridades les procuraban clientes para conocer delaciones que solo salían a la luz bajo un orgasmo.
Imaginé la historia de los cucos, esas pequeñas aves grisáceas, inocentes a simple vista, que cargan el peso de la maldad en el vientre de sus hembras que buscan un nido ajeno para poner sus huevos porque son incapaces de construir los suyos propios. Prefieren que otras aves los empollen. Esta extraña forma de ejercer la multiplicación en casa ajena puede resultar poco digna de lo que sale de su fecundidad, pero hay algo peor.
Sus polluelos, al nacer, destruyen a sus propios hermanos de crianza para apropiarse del nido. No permiten compartir el hogar. Y las madres de aquellos bastardos no tienen otro remedio que darles de comer, calor en el invierno y protección nocturna, por temor a terminar como sus crías. En algún momento, aquellos pichones se marchan de esos nidos ajenos y el ciclo vuelve a sus comienzos criminales. Una forma parecida, aunque con menor dramatismo le sucede a los engendros de la “pipera” aunque, en estos casos, el tamaño de la familia que los adquiere busca la crianza de un niño de por vida.
No soy opuesto a los cambios. Me gusta ver cómo la vida se enrrumba cada vez que el calendario marca el fin de una o dos generaciones para dar paso a nuevos inventos. Mi padre, telegrafista de profesión y amante de las cartas que su hermana le enviaba desde la distancia, también disfrutaba de la televisión a color y la maquinilla de escribir. Hoy sería fanático de la computadora y el celular, de la Inteligencia Artificial, y lo que vendrá después, si tuviera doble vida.
A lo que sí estoy opuesto es a no mirar de frente con quien hablo, a que mis manos no puedan moverse ante el teclado de un piano, a que los exámenes sean de memoria, a que un profesor exponga su vida y milagros dentro de un aula en vez de dar vida a un invento de la ciencia o una frase célebre, con sus propias palabras.
Cuando la antigua Grecia era el Paraninfo de las Artes, el sabio Heráclito de Éfeso se dedicaba a jugar a los dados con los niños. No había quien lo sacara de esa afición que él consideraba muy importante para enseñar la numeración a los menores, lejos de las aulas. A veces, esos niños aprendían más con los juegos de Herácrito que con sus profesores. Valga la paradoja porque ellos no salieron del vientre de una pipera que los vendiera al mejor postor a cambio de convertirse en “calié” de la policía.
Contra el desarrollo de la ciencia, nadie puede. Pero esa es otra historia.

