EDITORIAL

El viacrucis de nuestra democracia

La democracia dominicana nació en un parto doloroso en 1962, seguido de un viacrucis no menos traumático pocos años después.

Tras liberarse de las cadenas de una dictadura de tres décadas, el pueblo eligió a Juan Bosch para presidir los destinos del país, el 20 de diciembre de aquel año.

Siete meses después, poderes imperiales y dominicanos lo derrocaron, haciendo naufragar el incipiente proceso hacia la democracia.

Con un gobierno de facto, la chispa de la rebeldía juvenil surgió como el contrapeso natural a ese bochornoso atropello.

Y un día como hoy, el 24 de abril de 1965, un grupo de oficiales militares lanzó un contragolpe para recuperar la constitucionalidad y poner freno, de esa manera, a toda posibilidad de resurgimiento de los regímenes de facto en el país.

Ese levantamiento militar, seguido de un respaldo civil que en pocos días hizo añicos a las tropas golpistas, fue lo que trajo de vuelta la democracia para que no volviera a caer jamás.

Ante su derrota, los militares se echaron en brazos de Estados Unidos, que respondió desembarcando más de 40,000 soldados para impedir el triunfo de los constitucionalistas.

Aunque el pueblo en armas no pudo restituir a Bosch y su Constitución, de ahí en adelante los gobiernos solo salen de las urnas y el golpismo no ha podido volver a sacar cabeza.

Nadie ignora que la democracia dominicana no es un modelo ejemplar de participación social y política, pero las reglas han quedado claras y ningún militar puede hacerse con el gobierno por la fuerza.

Los dominicanos tenemos una gran deuda de gratitud con los hombres y mujeres que se batieron en la Guerra de 1965 porque defendieron la democracia, la Constitución y el orden frente a los golpistas y los invasores.

Defender el orden constitucional, auspiciar el desarrollo y la participación democrática son tareas permanentes que ningún ciudadano honesto puede eludir ni descuidar.