Nuestra común hipocresía

República Dominicana y Estados Unidos tendremos que ser amigos hasta el final. La geografía así lo impuso. El destino así lo quiso. La primera potencia mundial está en nuestro hemisferio y su influencia es indiscutible.

Además, nuestros valores son muy parecidos. La mayor cantidad de nuestra gente que vive fuera del país se encuentra en ese territorio. El mayor socio de importancia es el Tío Sam, y quien no lo quiera comprender, pues que siga de necio lanzando piedras a la luna.

La cotidianidad dominicana, las decisiones gubernamentales y la cultura misma te gritan a los cuatro vientos que la soberanía dominicana, en la práctica, es limitada a los designios del norte. Dejémonos de ser hipócritas.

Desde Ulises Heureaux (Lilís), quien básicamente hipotecó el país a los Estados Unidos; pasando por Mon Cáceres, Horacio Vásquez y Rafael Trujillo, el Tío Sam ha jugado un papel determinante en los destinos de nuestra nación.

Después de la tiranía, está de más decir que ellos han sido la brújula que ha señalado el camino por el que los gobernantes dominicanos han transitado. ¿Soy un traidor por decir esto? No, soy realista. Y quien se rasgue las vestiduras por leer esto no es más que un hipócrita más.

Para muestra, un botón

Quienes celebraron la Segunda Intervención Estadounidense en 1965 son los mismos que criticaron la mano salvadora de Jimmy Carter en 1978, durante las elecciones que sacaron del poder a Joaquín Balaguer, y viceversa.

Aquellos que critican la promoción por parte de organismos gubernamentales estadounidenses de los LGBTQ, el lenguaje inclusivo, la naturalización de inmigrantes indocumentados y otras formas del nuevo izquierdismo, como el aborto, son los mismos que alaban las instalaciones de equipos militares en la Base Aérea de San Isidro y el entrometimiento de la política norteamericana en las decisiones nacionales de carácter político y económico.

Los mismos que alabaron a Mike Pompeo y su llamada a Danilo Medina durante el intento de reforma constitucional son los mismos que ahora se dan golpes de cabeza contra las paredes por la crítica de la embajadora estadounidense en el país debido al “huevo” del Gobierno dominicano de asistir a una cumbre anti-Trump, auspiciada por su enemigo número uno en Europa, Pedro Sánchez.

Y si sigo colocando ejemplos, no termino nunca…

La soberanía dominicana es un concepto abstracto, teórico y conveniente cuando se trata de Estados Unidos. Es como la conversación que ningún padre quiere tener con su hijo cuando este le pregunta cómo se hacen los bebés.

Las posiciones siempre dependerán del color del cristal con que se mire, como dirían Willie Colón y Rubén Blades, de quien este último también dice en uno de sus temas sociales más precisos sobre el pensamiento de nuestras sociedades latinoamericanas:

 Y todo el mundo jura que no entiende                         Por qué sus sueños hoy se vuelven mierda                     Y me hablan del pasado en el presente                 Culpando a los demás por el problema                         De nuestra común hipocresía