SIN PAÑOS TIBIOS
Cuando se rompe el dique
Había llovido tanto, que casi todos en el delta intuían que los diques se romperían. La Gran Inundación del Mississippi, de 1927, fue una tragedia evitable, pero la soberbia técnica y el populismo de los políticos cerraron cualquier posibilidad.
El Cuerpo de Ingenieros del Ejército afirmó en el congreso que el sistema de diques era invulnerable y los políticos negaron hasta el final la posibilidad que colapsaran, a pesar de que en septiembre de 1926 los principales afluentes del Mississippi estaban a tope. Finalmente, en abril de 1927, los diques cedieron y el agua contenida inundó las tierras bajas del delta, en lo que sería el mayor desastre natural de Estados Unidos.
Sobre los diques rotos y el desastre nacería el blues de Memphis Minnie y Kansas McCoy –1929–, aunque sería Led Zeppelin –1971– quien haría que la tragedia tocara las puertas del cielo, a golpe de armónica de Plant, guitarra de Page y batería de Bonham. La canción recrea la angustia que se vive al saber que cuando los diques se rompan, todo se vendrá abajo y nada quedará en pie. La canción es un homenaje, un recuerdo y una premonición: “Si sigue lloviendo el dique se va a romper/Cuando el dique se rompe, no tengo dónde quedarme”.
El dique social que contiene el potencial destructivo de la sociedad dominicana está llegando a su límite máximo. Las relaciones clientelares construyeron barreras de entrada/salida, mecanismos de premio/sanción que garantizaban que el ascensor social funcionara y redistribuyera la presión. La formalización del Estado cuando Trujillo institucionalizó los diques con leyes, represión y terror; la Guerra Fría permitió que Balaguer mantuviera a raya las legítimas aspiraciones de redención social de una juventud cuyas preocupaciones impulsaron –a su vez– movimientos revolucionarios que soñaban derrocar su régimen, para imponer el paraíso proletario; y, finamente, la democracia permitió que a través del rejuego partidario y el relevo electoral, el poder pasara de mano en mano, alternando la posibilidad de partir el bizcocho en función de quién tuviera el cuchillo.
Hoy nada de eso funciona y los viejos acuerdos y pactos son insuficientes. La democracia coexiste con el libertinaje, la ética pública con la concepción del Estado como botín, la decencia no es tan rentable como la impunidad, y las redes promueven ese mecanismo autodestructivo. El Estado empequeñece en su función y capacidad, mientras agranda su dimensión hidrocefálica.
El descontrol de las calles no es sólo una evidencia de la claudicación de la autoridad, también es una materialización de los signos visibles de la inminente rotura de los diques de contención social. Cuando eso ocurra, no habrá capacidad de control real de toda la energía liberada y el caos que ocasionará. La Pax Dominicana se irá al carajo, y, sobre las cenizas de la ingobernabilidad, quedará el recuerdo de décadas de crecimiento, estabilidad y armonía social. La pregunta es: ¿podemos evitarlo?

