EDITORIAL

Que la ley pese más que el miedo

Desde hace tiempo, los motoconchistas se han convertido en la casta que más desasosiegos e inseguridades provocan en la ciudadanía.

Al tolerárseles que violen todas las leyes del tránsito, que conduzcan sin licencias o matrículas o que usen sus vehículos en actos delictivos, ningún orden los subordina.

Actúan convencidos de que, ante tal grado de libertad e impunidad, están por encima de la ley y el orden y, más que nada, de los deberes y derechos ciudadanos.

Sus desmanes callejeros, regularmente impunes, han dejado una estela de tragedias, conflictos violentos con la autoridad y los ciudadanos, atracos y asesinatos, en permanente desafío a la seguridad y la tranquilidad.

No solo lideran la categoría vehicular que más accidentes fatales o incapacitantes produce, sino que intervienen en más del 80 por ciento de las distintas modalidades delictivas en nuestras ciudades.

Las últimas formas de este macabro quehacer incluyen violentas venganzas contra las propias víctimas de sus desafueros, ejercidas al amparo del súper poder del que se creen revestidos.

El más reciente ejemplo es el del conductor de un camión de recogida de basura del Cabildo de Santiago, Deivy Abreu, perseguido y acuchillado por una de esas pandillas, quien murió desangrado por falta de asistencia médica.

La sociedad ha sentido con profundo estupor este acto de barbarie y deshumanidad.

No es un caso aislado. Es la gota que derrama la copa de una indignación nacional que ya no cabe en el pecho de nadie.

Familias enteras, sectores laborales, líderes comunitarios y hasta quienes callan por miedo han levantado una sola voz para condenarlo y reclamar que, sin más demora, la autoridad ejerza toda su capacidad para imponer estrictas regulaciones a ese sector.

Pero la indignación sin hechos es solo un eco. Este país ha llorado demasiado, ha perdonado demasiado, ha esperado demasiado.

¡Basta de promesas mojadas en tinta y sangre! O el Estado demuestra con hechos que la ley pesa más que el miedo, o la ciudadanía entenderá que, ante la barbarie, la única justicia posible es la que se toma con sus propias manos.

Que la muerte de Deivy Abreu no sea un epitafio más, sino el parte de guerra que despierte a una nación que exige, de una vez y para siempre, orden, justicia y dignidad en cada esquina.