PEREGRINANDO A CAMPO TRAVIESA
Ignacio de Loyola y la oración personal
En enero de 1976 subí por primera vez al Pico Duarte con un grupo de novicios jesuitas. Pasamos muchísimo trabajo, porque no nos asesoramos bien.
Antes de emprender la segunda subida busqué a un veterano de muchas travesías. Sus consejos garantizaron el éxito de nuestra excursión.
Si va a subir la montaña de la oración, escuche a la gente de experiencia. Aquí le voy a comunicar dos consejos y principios de Ignacio de Loyola, el autor de los Ejercicios Espirituales, un veterano de los caminos de la oración. Los números que cito corresponden a sus Ejercicios Espirituales.
Primero, si va a orar, no se limite a escuchar ideas o a leer textos bellos. No se convierta en un espectador de vivencias espirituales u oyente pasivo de charlas de algún gurú, así sea el mentado Padre Maza. No se quede sentado como consumidor de materiales inspiradores. Adéntrese en el material con su propia mente; razone y discurra acerca de lo que ahí se le propone. Dele vueltas, profundice. Tome en serio la luz que lo leído o escuchado le aporta a su vida. Procese la propuesta con una mente abierta, por si acaso lo que está meditando critica lo que usted valora, incluso si cuestiona la orientación fundamental de su vida. Si lo que a usted le propusieron para meditar vale la pena, la única pena será no vivirlo.
No piense que ha hecho una buena meditación, por haber barajado muchos temas. Todos los alimentos de los supermercados del mundo no valen ese tenedor con un pedazo de pollo que usted se llevó a la boca y saborea ahora masticándolo [2].
Segundo, ore convencido de que el Señor desea comunicársele. Por eso es muy conveniente, después de cada rato de meditación, preguntarse: ¿Qué sentí? ¿Qué descubrí? ¿Qué me siento llamado a hacer? Porque, no le quepa duda, durante ese rato de oración, es muy probable que el Señor se le haya comunicado en lo que experimenta, en lo que le sorprende y en las suaves invitaciones que percibe en lo que medita. Muchas veces con la palabra del Señor arden nuestros corazones (Lucas 24, 32) y nos disponemos a participar en sus planes. La verdadera oración nos cambia y ya no le pedimos al Señor fuerza para nuestros proyectos, sino anotarnos a los suyos [15].

