La vida en el ciberespacio
Hace unos días, la NASA presentó la cápsula de la misión Artemis II. Su nombre: Integrity. Integridad.
No pude evitar detenerme en esa palabra. Me dio nostalgia.
Porque hubo un tiempo -no tan lejano- en que el mundo de la tecnología también se sostenía sobre algo muy parecido a eso. Éramos, en su mayoría, nerds y soñadores. Nos movía la curiosidad, el deseo de entender, de construir, de resolver problemas complejos. Nuestra recompensa no era inmediata ni económica: era lograr que algo funcionara, era vencer el reto.
Había una especie de ética no escrita. Discutíamos arquitecturas, algoritmos, redes, bases de datos. Sabíamos cuando un programa lo había escrito alguien, tenía su sello. Nos apasionaba encontrar el “gancho” en una solución, la nitidez en un código, la robustez en una infraestructura. Y cuando algo salía bien, lo celebrábamos como una conquista. Teníamos un “idioma” propio. Ese era nuestro ingenuo mundo feliz.
Hoy, seguimos soñando. Pero el escenario ha cambiado. Hablamos de inteligencia artificial, de modelos, de plataformas, de agentes, de ciberseguridad. La complejidad es mayor. Las posibilidades, infinitas. Pero, algo se ha contaminado en el camino. Y quiero usar la palabra final de la frase de Quevedo que inspiró el título de la entrega pasada: Dinero.
Me explico mejor: el dinero siempre ha estado presente en la tecnología. Es una carrera que se cotiza y seguirá cotizando bien. Pero el problema es otro. Es el dinero que no se declara. El que no se registra. El que no se audita. El que cambia de manos para influir en decisiones técnicas. Para favorecer una plataforma sobre otra. Para disfrazar de objetividad lo que en realidad es conveniencia personal.
Y entonces, lo que antes era “criterio técnico” respetado, comienza a convertirse en narrativa interesada. Lo que antes era confianza, empieza a erosionarse.
Esto no es un problema menor. Porque hoy, cuando hablamos de identidad digital, de inteligencia artificial o de sistemas que toman decisiones sobre las personas, ya no estamos hablando sólo de tecnología. Estamos hablando de confianza.
Y la confianza no se programa ni se compra. Se construye. Y se puede perder. Por eso, quizás, el nombre de esa cápsula no es casual: Integrity. Una palabra simple, pero exigente. No como aspiración, si no como condición. Porque sin integridad, la tecnología deja de ser progreso, y empieza a convertirse en otra cosa. Y un técnico sin integridad, en otra cosa peor.

