Enfoque

Trump dejó de patear la lata

El mundo entró en 2026 como quien entra a una habitación llena de gas con alguien jugando con fósforos.

El presidente estadounidense Donald Trump tras firmar la ley que puso fin al cierre parcial del Gobierno, en la Oficina Oval, en la Casa Blanca, en Washington, el 3 de febrero del 2026

 Alex Brandon/AP

Eso explica el nerviosismo global. Pero no explica todo. La razón de fondo por la que este año puede terminar siendo uno de los más peligrosos y decisivos desde la Segunda Guerra Mundial es otra: después de décadas de evasión, alguien decidió dejar de aplazar los problemas que otros gobiernos prefirieron patear hacia adelante.

Donald Trump no está pateando la lata. Está recogiendo, una por una, las latas viejas, sucias y oxidadas que fueron dejando tiradas en el camino: Irán, Venezuela, Cuba, la dependencia energética europea, la penetración china en el hemisferio, la blandenguería estratégica frente a Rusia. Y las está tirando al zafacón.

Por eso el mundo luce tan alterado. No porque Trump haya creado el desorden, sino porque dejó de maquillarlo.

Durante años, Washington, Europa y buena parte del establishment occidental convirtieron la postergación en doctrina. Todo se administraba. Nada se resolvía. Irán negociaba mientras avanzaba. Venezuela se hundía mientras la región repetía la liturgia del “diálogo”. Cuba seguía exportando ruina y represión mientras sus admiradores extranjeros la envolvían en una niebla romántica. China se metía cada vez más en puertos, rutas e infraestructura estratégica del hemisferio, y demasiados llamaban a eso pragmatismo.

Todo se dejaba para después.

Ese “después” llegó.

Residentes observan y toman fotos mientras las llamas y el humo se elevan tras un ataque a una instalación de almacenamiento de petróleo en la ciudad durante la campaña militar de Estados Unidos e Israel en Teherán, Irán, el sábado 7 de marzo de 2026.

Residentes observan y toman fotos mientras las llamas y el humo se elevan tras un ataque a una instalación de almacenamiento de petróleo en la ciudad durante la campaña militar de Estados Unidos e Israel en Teherán, Irán, el sábado 7 de marzo de 2026.AP

Irán es hoy el ejemplo más peligroso. La crisis en torno al estrecho de Ormuz ha disparado el petróleo y recordado al mundo que los grandes cuellos de botella estratégicos no son un tema de expertos encerrados en seminarios. Son una realidad que golpea economías enteras a miles de kilómetros de distancia.

Y eso no se queda “allá”. En República Dominicana y en todo el Caribe, el alza del crudo se siente rápido y duro: en el transporte, en la factura eléctrica, en la construcción, en los alimentos, en la logística, en el turismo y en el costo diario de vivir. La geopolítica siempre termina apareciendo donde más duele: en el bolsillo.

Pero lo más inquietante de Irán no es sólo el petróleo. Es el alcance. Hace apenas unos días, Teherán lanzó misiles balísticos de unos 4,000 kilómetros, cerca de 2,500 millas, hacia Diego García, en el océano Índico. Eso fue mucho más que una maniobra militar. Fue una revelación estratégica. Demostró que el régimen posee una capacidad de proyección mucho mayor de la que durante años muchos prefirieron minimizar.

Traducido al lenguaje llano: si ese régimen puede lanzar un misil a esa distancia, entonces ya no estamos hablando solamente de Israel o del Golfo. Estamos hablando de una amenaza con alcance suficiente para poner a Madrid, París y otras grandes ciudades europeas dentro del radio de vulnerabilidad.

Y ahí se derrumba una de las grandes mentiras de la política exterior occidental reciente: la idea de que Irán era un problema regional que podía contenerse con declaraciones solemnes, advertencias tibias y otra ronda más de conversaciones.

No. Era un problema que crecía mientras lo administraban.

Y ahí está el pecado de fondo de las élites occidentales: confundieron prudencia con parálisis. Se convencieron de que dejar pasar el tiempo era una forma de sabiduría, cuando muchas veces no era más que cobardía bien vestida.

Todo el mundo sabía lo que hacía Irán. Todo el mundo sabía que negociaba de día y avanzaba de noche. Todo el mundo sabía que apostaba a la aversión occidental al riesgo. Pero casi nadie quiso pagar el costo de frenarlo cuando ese costo todavía era manejable.

Ahora el costo es mayor. Así ocurre siempre cuando uno deja crecer un cáncer porque le teme a la cirugía.

La misma lógica se aplica a Venezuela. Durante demasiado tiempo, el chavismo fue tratado como una desgracia permanente, sí, pero administrable. Algo horrible, pero tolerable. Una epidemia política con la que había que coexistir mientras se hablaba de mediación, negociación y salidas graduales.

¿Y qué produjo esa tolerancia? Lo que producen todas las dictaduras podridas: represión, corrupción, narcoestructura, éxodo masivo, degradación institucional e inestabilidad regional.

Venezuela no sólo destruyó a Venezuela. Desordenó a América Latina.

Hoy eso cambió. El chavismo ya no luce intocable. El poder en Caracas entró en otra fase, el aparato militar tuvo que reacomodarse y Washington ha abierto margen para una nueva etapa económica y energética. ¿Eso garantiza una democracia modélica? No. ¿Asegura una transición limpia? Tampoco.

Pero sí demuestra algo importante: lo que parecía eterno dejó de parecerlo.

Y eso no ocurrió por veinte años de diplomacia cansada, sino porque alguien decidió dejar de mirar hacia otro lado.

A América Latina le hace falta una conversación más honesta sobre este punto. Muchas de nuestras peores crisis no crecieron por exceso de firmeza norteamericana, sino por ausencia de ella. Por vacilación. Por ingenuidad. Por esa costumbre de dejar que los problemas se pudran hasta que ya resulten inmanejables.

Estudiantes se reúnen frente a la Universidad de La Habana durante una protesta por la crisis energética que ha interrumpido las clases en La Habana, Cuba, el lunes 9 de marzo de 2026.

Estudiantes se reúnen frente a la Universidad de La Habana durante una protesta por la crisis energética que ha interrumpido las clases en La Habana, Cuba, el lunes 9 de marzo de 2026.AP

Cuba no sobrevivió por eficiencia. Sobrevivió por subsidios, represión y romanticismo ajeno. Venezuela no se consolidó por buen gobierno. Se consolidó porque demasiados prefirieron convivir con el tumor antes que enfrentarlo. China no avanzó tanto en el hemisferio porque fuera irresistible, sino porque encontró élites dispuestas a cambiar soberanía por financiamiento, dependencia por comodidad y silencio por negocio.

Por eso Panamá importa tanto. La lucha por el canal, por los puertos y por la infraestructura estratégica del hemisferio no es un tecnicismo comercial. Es una lucha por rutas, por influencia y por soberanía real.

Y para un país como República Dominicana, que vive del turismo, de los puertos, de la estabilidad financiera, de la energía y de su conexión con el mundo, eso no puede verse como un debate abstracto.

El Caribe no es una postal. Es geografía estratégica.

Aquí pesan los puertos. Pesan las rutas. Pesa la energía. Pesa la presencia o ausencia de grandes potencias. Quien no entienda eso termina descubriendo demasiado tarde que la dependencia también puede venir vestida de inversión, de préstamo o de contrato.

Y luego está Cuba, el viejo fósil de la Guerra Fría. Durante años, una parte del continente y de la intelectualidad internacional quiso verla como una revolución cansada, sí, pero todavía digna de indulgencia. La realidad ha sido mucho más simple y mucho más cruel: pobreza, censura, vigilancia, exilio y una economía que ni siquiera puede mantener en pie lo más básico sin entrar en colapso.

Los apagones recientes no son una anécdota. Son una radiografía.

Ahí está la verdad del sistema cubano: un modelo que no puede mantener encendidas las luces de un país, pero que todavía conserva apologistas dispuestos a defenderlo en nombre de una épica que ya sólo existe en panfletos y nostalgias ideológicas.

Trump parece haber entendido que la tolerancia automática hacia esa ruina ya no puede seguir presentándose como sofisticación diplomática. Y el régimen cubano, como siempre, responde con su libreto habitual: invocar soberanía justo cuando siente que la realidad le está pasando factura.

Ese es, probablemente, el punto central de 2026: la recuperación de la credibilidad.

No la pose. No la retórica. No la indignación de estudio de televisión. La credibilidad.

Trump, guste o no, ha reinstalado una idea que muchos creían enterrada: que Estados Unidos todavía puede actuar, todavía puede mover el tablero y todavía puede imponer costos reales. Esa sola percepción ya cambia comportamientos. Obliga a Europa a mirar de frente su dependencia. Pone nerviosos a sus adversarios. Reabre en América Latina el debate sobre soberanía, crimen transnacional, autoritarismo y penetración china.

Sus críticos lo llaman disruptor. Y sí, lo es. A veces con una brusquedad innecesaria. A veces con lenguaje excesivo. A veces con ese estilo suyo de entrar rompiendo porcelana.

Pero también conviene preguntarse algo elemental: después de tantos años de decadencia administrada, ¿no era precisamente una disrupción lo que hacía falta?

Porque eso fue el supuesto orden reciente: decadencia administrada. Dictaduras toleradas. Chantajes energéticos maquillados como comercio. Expansionismo chino vendido como oportunidad. Estados fallidos excusados como complejidades culturales. Todo muy fino. Todo muy técnico. Todo muy prudente. Todo muy fracasado.

Nada garantiza, por supuesto, que esta estrategia termine bien. Irán puede escalar más. Venezuela puede frustrar la transición. Cuba puede resistir más tiempo del previsto. Los mercados pueden castigar. Los aliados pueden dudar. El riesgo existe.

Pero el riesgo de no hacer nada también existía. Sólo que se volvió rutina. Y cuando el peligro se vuelve rutina, muchos dejan de verlo.

Ese es el error central de buena parte del análisis contemporáneo: confundir continuidad con sensatez y ruptura con locura. A veces ocurre exactamente al revés. A veces la continuidad no es madurez, sino miedo con buenos modales. Y a veces la ruptura, por incómoda que resulte, es la única forma de evitar que el deterioro se vuelva irreversible.

Para República Dominicana, la conclusión no debería ser histérica ni partidista. Debería ser sobria. Lo que está ocurriendo importa. Importa para el petróleo. Importa para el turismo. Importa para la inversión. Importa para la estabilidad del Caribe. Importa para la seguridad regional. Importa para el futuro político de América Latina.

La pregunta de fondo en 2026 no es si Trump es cortés. No lo es. Tampoco si es imprevisible. Lo es. La pregunta verdadera es otra: ¿cuánto tiempo más podía el mundo seguir fingiendo que estas crisis no necesitaban resolverse, sino simplemente administrarse?

La respuesta ya llegó.

Ese tiempo se acabó.

Y por eso este año puede ser tan peligroso.

Porque alguien, por fin, dejó de patear la lata.

Ronald L. Glass es un diplomático retirado de Estados Unidos. Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivamente suyas.