VIVENCIAS
El don de convertir la catequesis en homilía
La homilía no fue concebida para sustituir la catequesis. Su naturaleza es distinta. En la celebración de la Eucaristía, la homilía tiene como finalidad iluminar la Palabra proclamada y ayudar a los fieles a comprender su sentido para la vida cristiana. La catequesis, en cambio, pertenece a otro ámbito: es enseñanza sistemática de la fe.
Sin embargo, existe un don que algunos sacerdotes poseen. Es la capacidad de lograr que, mediante una transición armoniosa, respetando la naturaleza de la homilía, esta se convierta en un momento de formación en la fe. No se trata de transformar la misa en clase ni de introducir explicaciones doctrinales, sino de algo delicado: hacer que la Palabra proclamada despierte comprensión y enseñanza al mismo tiempo.
Ese don no es frecuente. Requiere equilibrio, profundidad y vida interior. El sacerdote debe conocer la doctrina de la Iglesia, pero también saber presentarla de modo sencillo, vinculándola con el Evangelio del día y con la vida de la comunidad. Cuando esto ocurre, los fieles no sienten que reciben una lección, sino que descubren el sentido de su fe mientras escuchan la predicación.
Muchos cristianos católicos carecen hoy de formación sólida. Por eso, cuando un sacerdote logra que su homilía ilumine la doctrina, la comunidad recibe un verdadero servicio pastoral. La fe se aclara, las dudas encuentran respuesta y el Evangelio se vuelve comprensible.
Convertir la catequesis en homilía, sin desfigurarla, es un arte pastoral difícil. Cuando aparece, no es fruto solo de técnica o elocuencia: es un don que nace de la oración, del estudio y de comunión con la Palabra de Dios.

