Cuando la palabra grita

En los últimos años han proliferado comunicadores estridentes, provocadores, al límite del conflicto con las normas y, a veces, con la ley. Su lenguaje agresivo, excéntrico o vulgar genera rechazo en algunos y fascinación en otros. Sin embargo, más allá del juicio moral, conviene preguntarse qué hay detrás de este fenómeno que dice mucho de nuestra cultura.

En primer lugar, aparece una profunda hambre de visibilidad. Vivimos en la llamada economía de la atención: en un ecosistema saturado de mensajes, el escándalo garantiza audiencia. Como advierte Byung-Chul Han, la sobreexposición sustituye a la profundidad; lo que grita, existe. El volumen reemplaza al contenido y la provocación se convierte en estrategia.

A ello se suma una fragilidad identitaria poco reconocida. La excentricidad extrema y el lenguaje agresivo funcionan, muchas veces, como armaduras: se provoca para no ser ignorado. Detrás suele haber inseguridad, miedo a la irrelevancia y una autoestima sostenida por aplausos inmediatos. El personaje termina devorando a la persona.

Se añade, además, una peligrosa confusión entre libertad y transgresión. Se instala la idea de que ser auténtico equivale a romper límites, cuando la verdadera libertad es el dominio de sí. La vulgaridad se vende como valentía y la falta de contención como sinceridad, empobreciendo el lenguaje y el vínculo social.

En el caso de algunas comunicadoras jóvenes, elegantes y bien presentadas corporalmente, el cuerpo se convierte en escenario. El contraste entre una imagen cuidada y un discurso vulgar produce impacto: el choque vende. Sin embargo, el lenguaje termina destruyendo la elegancia que el cuerpo intenta comunicar, dejando una sensación de vacío.

¿Por qué una parte de la sociedad sigue a estos personajes? Porque dicen lo que otros callan, aunque lo hagan mal; porque encarnan una rebeldía vicaria donde muchos descargan su frustración; porque simplifican la complejidad con frases provocadoras. Y, como explicó Marshall McLuhan, el medio moldea el mensaje: los formatos actuales premian lo inmediato, no lo elaborado.

Ante este panorama, la respuesta no puede ser la censura, sino la educación. En la familia, cuidar el lenguaje cotidiano es esencial: la elegancia se aprende por contagio. Hablar bien es una forma de respeto a sí mismo y a los demás. En la escuela, urge educar la competencia comunicativa integral, uniendo palabra, cuerpo, tono e intención, junto a una sólida alfabetización mediática. En las iglesias, resulta imprescindible proponer una espiritualidad del silencio y de la palabra cuidada, mostrando que la autoridad nace de la coherencia, no del grito.

Conviene recordarlo con claridad: la elegancia no es rigidez ni moralismo, sino profundidad. Es armonía entre lo que soy, lo que digo y cómo lo digo. La palabra puede provocar sin humillar e influir sin destruir. Cuando el talento comunicativo no se educa, se degrada en espectáculo; cuando se educa, se convierte en servicio. Ahí se juega uno de los grandes desafíos culturales de nuestro tiempo.

Educar la palabra es educar la convivencia, la dignidad humana y la esperanza compartida en sociedades cada vez más fragmentadas.