QUO VADIS

El engaño

El engaño a los jefes de Estado ha sido siempre un axioma de la vida política en la historia. Hay individuos que siempre buscan sacar ventajas.

En esas cosas, el presidente Joaquín Balaguer tenía la clave de escuchar a todo el mundo, para hacerse el juicio sereno de una situación determinada, y más en su caso que no contaba con la visión.

Cuando se le leía la lista de quienes estaban solicitando una cita, nos preguntaba y qué se dice de ese señor. Normalmente, Roberto Blandino le daba una referencia del abolengo de la persona. Pero ya el sabía.

Eran tantas las veces, que mientras mencionábamos a las personas, él iba dando un calificativo a cada uno: “Ese no es muy serio”, “Si ese tuviera las dos piernas bien, arrasaría con todo”, “Ese es un viejo bribón”, “Ese siempre entra toda la mercancía sin pagar aduanas”. Frases que perfilaban quién era cada quien en nuestra sociedad.

A veces me encuentro algunos de esos personajes, y aunque lo salude con mucho efecto, se me prende el bombillito en la cabeza, diciéndome el concepto que tenía el presidente de ellas.

Un día llega un famoso señor, lo recibe con mucha cortesía, y cuando se retira, yo me quedo dentro porque viene una nueva visita. En el ínterin de que entre la otra, me dice: “Ese señor es un sinvergüenza, me ha engañado muchas veces, y él cree que yo no lo sé”. Un famoso dirigente empresarial.

Los jefes de Estado, muchas veces, presumen la buena fe de los individuos que reciben o con quienes hablan, pensando que el empaquetado que se les presenta es la esencia del mismo. Balaguer, muchas veces los recibía, y por su dilatada permanencia en el poder, conocía a los ancestros de cada quien y de lo que cojeaba el padre y heredaba el hijo.

Lo que yo no entendía era el porqué, a sabiendas de qué lo iban a engañar, brindaba posiciones en las que pudieran realizar sus travesuras.

Él tenía un concepto claro de los seres humanos: qué significaban, cómo se movían, cuáles eran sus intereses y en muchos casos hasta sus perversidades. Era una especie de maestro para los muchachos que como yo aprendíamos de sus enseñanzas cotidianas del significado del poder y la sociedad dominicana.

Siempre recalcaba que los intereses prevalecían sobre el afecto. Un día, en mi inocencia, le comenté que fulano de tal parecía ser un gran amigo de él y se rio a carcajadas: “Amigo de lo que le pueda dar y cómo me pueda usar para sacar ventaja. El día menos pensado, cuando alguien le ofrezca más será un enconado enemigo”. Así pasó apenas meses después. Yo le volví a decir, y qué le pasó a fulano que era tan amigo suyo: “Es la condición humana. Cuándo se está en estas posiciones todos son amigos, pero de lo que puedan conseguir, no hay lealtad alguna, salvo unos cuantos contados en una sola mano”.