Ideando
Las herencias
Lo que debería ser una bendición, un premio por sanguinidad (que muchas veces se recibe de manera inmerecida), suele convertirse en discordia cuando el afán de lucro y la mala fe superan el amor filial.
Las herencias desatan apetencias diabólicas y siembran egoísmos perversos que satanizan los patrimonios. Todo termina en escenarios donde los bienes se diluyen como por arte de magia.
Todos conocemos familias que el egoísmo y la ambición desmedida han desunido, no solo lo material, sino también apellidos, afectos, cercanías y hermandades.
Hay herencias que marcan el alma y marchitan quereres. Herencias que dejan heridas abiertas que nunca sanan.
No recuerdo quién dijo en una ocasión que la mejor herencia es aquella que logra sobrepasar el tiempo; la que va más allá de los testamentos; la que se preserva por amor al buen nombre.
Dios habla de las herencias que no se ven, tales como el perdón que se repite, la misericordia, la humildad que agradece antes que reclamar.
La verdad es que cuando todo lo material se deshace, se disuelve, lo que permanece no se mide en dinero ni en cantidades, sino en recuerdos gratos, ejemplos de vida, enseñanzas y demás.
Así como heredamos de manera natural los apellidos, la fisonomía, los gestos, etc. de igual modo, con la misma naturalidad, deberíamos recibir todo lo que derive de nuestra ascendencia.
Los sabios, como Confusio, Séneca, San Agustín, Epícteto, y otros de su dimensión y conocimientos, coincidían en que las herencias materiales se reparten, mientras que las espirituales se siembran.
No sé qué diabólico apetito destapa en la gente las sucesiones y qué poder destructivo lleva en su seno algunos legados materiales.
Con qué rabia mucha gente defiende patrimonios
que nunca ayudó a forjar.
Defienden con uñas y dientes dinero y bienes que solo están amparados en un apellido.
Lo que la vida unió no debería ser dividido por nada material. Los bienes pasan, los afectos permanecen.
Cuando una herencia se convierte en campo de batalla, regularmente se pierde más de lo que se gana. Porque ningún bien vale más que un hermano.
Las herencias que se reparten con justicia y equidad dejan complacidos a muertos y vivos; las que no se realizan de esa manera, dejan huellas dolorosas que nunca sanan.

