Chiperos - el valor de lo moral
El apego al consumo y al dinero como criterio de pertenencia social en el capitalismo contemporáneo
En República Dominicana, el término “chipero” designa al individuo que participa en modalidades de fraude electrónico y otras formas de criminalidad digital, centradas en la obtención ilícita de beneficios económicos mediante el uso fraudulento de tarjetas de crédito, la clonación o manipulación de chips electrónicos, el phishing, el carding y diversas estafas aprovechando el uso de plataformas digitales y redes sociales. Estas prácticas se inscriben dentro de lo que David Wall
(2007) conceptualizó como cybercrimes, particularmente en la categoría de "delitos centrados en el fraude y la apropiación patrimonial facilitados por tecnologías de la información."
Desde la criminología digital, autores como Thomas Holt y Adam Bossler (2014) señalan que este tipo de delincuencia se caracteriza por la convergencia entre habilidades técnicas, oportunidades estructurales y redes informales de socialización delictiva, elementos que se observan en la dinámica urbana donde surge el fenómeno del chipero. Asimismo, la obra de Majid Yar (2005, 2013) subraya cómo los contextos digitales generan nuevas formas de vulnerabilidad y facilitan la expansión de mercados ilícitos que se legitiman o se normalizan dentro de subculturas específicas, aspecto visible en la creciente presencia del chipero en la cultura urbana dominicana.
Sociológicamente, la aparición de estos actores puede analizarse, siguiendo a Manuel Castells (1996-2009), dentro de la lógica de la sociedad red, donde las tecnologías de información impulsan formas emergentes de criminalidad asociadas a desigualdades sociales estructurales y a alternativas económicas informales. En este sentido, el chipero constituye un ejemplo de cómo la marginalidad urbana y la precariedad juvenil, combinadas con la disponibilidad tecnológica, producen economías ilícitas digitalizadas, tal como sugieren Beckley, Levin & Holt (2021) en sus estudios sobre cibercriminalidad en contextos de vulnerabilidad social.
Esta reflexión no pretende establecer ni perpetuar formas de discriminación, ni mucho menos reforzar categorías rígidas de clases sociales o económicas. Su propósito es visibilizar cómo, dentro de las lógicas del capitalismo contemporáneo, se legítima el capital económico sin importar el medio por el cual se adquiere. En este modelo, quienes ostentan capacidad de consumo acceden a restaurantes exclusivos, a malls y tiendas exclusivas, concesionarios, villas y alojamientos turísticos de lujo, tradicionalmente asociados al privilegio, sin que exista una valoración ética del origen de ese dinero ni un reconocimiento del significado
simbólico de los espacios, bienes y servicios adquiridos, reflejando un cambio significativo hacia nuevos códigos para la pertenencia social.
Los denominados chiperos han experimentado un proceso de movilidad social ascendente asociado directamente a la evolución y rentabilidad de sus actividades ilícitas, particularmente en el ámbito del cibercrimen. Esta modalidad delictiva les ha generado ingresos significativos, reflejados en la posesión y circulación con grandes volúmenes de dinero en efectivo, sin respaldo en actividades económicas formales o productivas.
En una etapa inicial, mantenían un perfil socioeconómico de pobres —pero con gastos de clase media y media alta— residiendo en zonas urbanas deprimidas y utilizando vehículos de gama media. No obstante, con el incremento sostenido de los beneficios ilícitos han derivado en la adquisición de bienes de alto valor, tales como vehículos de lujo —Lexus, Mercedes Benz, Tahoe y Land Rover— o relojes y joyería costosa.
Asimismo, el acceso a recursos de su actividad delictiva ha facilitado su incursión en inversiones en negocios comerciales visibles, incluyendo concesionarias informales de vehículos, empresas de alquiler de vehículos, discotecas y tiendas de vapeo. Además, compran terrenos para la construcción de viviendas como parte de un fenómeno que evidencia estrategias de inserción económica y legitimación social propias de economías criminales.
En este contexto, el valor de lo económico se convierte en la medida central para valorar a las personas: se les reconoce únicamente por su poder adquisitivo y por su habilidad para gastar, aun cuando dicho poder no provenga de medios de producción legítimos, trabajo honesto o reconocimiento social. Lo relevante es el consumo visible y desmedido, convertido en criterio de pertenencia social.
Del mismo modo, en estos espacios privilegiados —restaurantes, hoteles, plazas comerciales, alojamientos turísticos— se abren puertas a quienes exhiben ciertos códigos de vestimenta y apariencia, mientras que aquellos que no los presentan son cuestionados o incluso excluidos.
Así, el acceso se regula no por la ética, sino por las señales externas del consumo.
Los chiperos, en este esquema, no solo gastan en bienes superficiales. En diversos sectores empobrecidos o vulnerables, su actividad ilícita genera un movimiento económico en la economía local, lo cual contribuye a que la ciudad —directa o indirectamente— valide estas prácticas delictivas al acoger y beneficiarse del flujo económico que producen. Esta aceptación tácita revela una contradicción profunda: la sociedad, en lugar de enfrentar el problema de la delincuencia digital, termina reproduciéndolo, erosionando principios y parámetros éticos fundamentales.
Tal como dispuso el Constituyente en el Preámbulo de nuestra Constitución, los cimientos de la nación se encuentran firmemente arraigados en los ejemplos de lucha y sacrificio de nuestros héroes y heroínas inmortales; inspirados en el trabajo abnegado de hombres y mujeres de nuestro pueblo; y guiados por los valores supremos y los principios fundamentales que orientan la vida democrática, la dignidad humana y el orden institucional de la República.
La legitimación social del consumo ostentoso crea un desarraigo respecto a los valores centrales del país, aquellos ligados al trabajo honesto, el esfuerzo y la dignidad. Mientras el sector financiero enfrenta los efectos negativos de estas actividades, en redes sociales y algunos medios de comunicación los chiperos son representados de manera positiva o glamurizada, como un modelo de éxito económico y social, lo cual incentiva su reproducción simbólica entre los jóvenes, mismos que dejan los estudios, por la influencia antivalores, visualización de gasto y consumo excesivo y figurero de vehículos.
Todo esto impulsa, normaliza o incluso empuja (azuza) a muchos jóvenes a asumir estilos de vida que no corresponden a su realidad ni están sostenidos por sacrificio, preparación o formación. Los valores esenciales son sustituidos por la fuerza del dinero. Así, los jóvenes compiten entre quienes logran ascender mediante esfuerzo y trabajo y quienes lo hacen mediante dinero rápido, producto de actividades ilícitas.
Paradójicamente, este tipo de delincuencia no genera riqueza sostenible para sí misma; lo que hace es alimentar y expandir la riqueza del capital ya establecido, reforzando así las mismas estructuras que promueven desigualdad y consumo ostentoso como medida de valor social.
Desde el plano institucional, este fenómeno exige fortalecer los controles financieros y tributarios, mejorar la coordinación entre las entidades del Estado y desarrollar capacidades investigativas especializadas. Al mismo tiempo, es necesario avanzar en políticas preventivas que reduzcan la tolerancia social hacia las economías ilícitas y refuercen la legitimidad de la actividad económica legal.

