Desde la improvisación

Tal como expresa un viejo adagio: «El que no sabe dónde va, ya llegó». Desde que somos pequeños nos van inculcando el proceso de la vida, cómo debemos organizar el día a día para poder cumplir con la práctica del diario vivir; pero ¿en qué consiste? Nos levantamos, nos cepillamos, nos bañamos, desayunamos, salimos, trabajamos o estudiamos, volvemos a casa y repetimos día tras día.

Aun cuando en el trayecto nos podamos desviar para una salidita no planificada e improvisada, puede resultar uno de los mejores sucesos o el peor momento de tu vida; dependerá de la experiencia de cada uno. Lo que no podemos pensar es que la improvisación en el mundo real sea lo más adecuado. Si hacemos una retrospectiva de ese evento o actividad que hayamos realizado, podremos ver que lo negativo supera con creces lo positivo.

No quería entrar en política, pero qué mejor ejemplo que lo que vemos en muchas instituciones estatales con la realización de proyectos, desde una idea hasta pasar por la ejecución y ver su resultado final. Entremos en materia: cuando se tiene una idea de construcción, primero se hace un estudio de factibilidad: ¿es posible o no lo es? Luego preparamos la idea que queremos vender para conseguir el patrocinio y los permisos correspondientes. Después de tener aprobado el préstamo, iniciamos la obra y, aunque en el transcurso pueden ocurrir imprevistos, no podemos improvisar; debemos detenernos y analizar de qué manera se soluciona. Una vez completado, se finaliza el proyecto.

Aunque son muchas las cosas que hay que tomar en cuenta para poder concluir una obra, esta se logra cuando se cumplen los procesos. De igual modo, se puede aplicar a la redacción de un medio: todas las mañanas se realiza una reunión, se revisa la agenda, se marca la línea a seguir, se buscan las noticias, se prepara el material, se manda a impresión y listo. Repítase las veces que sea necesario, a menos que surja un hecho imprevisto y cambie todo lo que se había orquestado; de igual modo, no se improvisa, solo se reajusta al hecho en cuestión y se corrige en el camino.

Vistos estos dos ejemplos, suponemos que la vida debe marchar en ese orden de organización, aunque en muchas etapas no sepamos dónde vamos, cómo lo haremos o de qué manera lo lograremos. Siempre hay que pensar en un plan A, B y C, aunque apostemos a que la improvisación, en muchas ocasiones, para salir de ciertas situaciones, no es lo que debe prevalecer.

Organicemos nuestros días, nuestras ideas, nuestras finanzas, nuestras vidas; aunque veas la habitación desordenada, siempre hay un orden para organizarla, de menos a más, y verás cómo la mente se va a relajar. De inmediato se automatiza el ciclo; es la mejor forma de poner orden en nuestras vidas, porque desde la improvisación difícilmente lleguemos al éxito que, de una u otra forma, todos queremos tener. Porque la vida sin un plan es un viaje corto, y se va como una taza de café: vacía y con todo el gusto de seguir.

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