VIVENCIAS

Parapetado

No hay forma más contundente de establecer responsabilidades que desde los hechos. Los discursos se maquillan; la conducta, no. Y cuando el historial habla por sí solo, la verdad se impone, aunque intenten cubrirla con solemnidad o alianzas oportunas.

Hay quienes aspiran a un sitial de preponderancia en el tren judicial no por méritos de servicio, sino mediante una estrategia bien orquestada, sinuosa y persistente: estar, aparecer, insinuarse. Todo inició en espacios sociales escogidos —como las “mañanitas” de Navidad en círculos empresariales— donde la cercanía calculada vale más que la trayectoria real.

Así se colocaron los primeros bloques de un posicionamiento paciente, seguido de vínculos con figuras de la administración eclesial que lo introdujeron en ambientes donde se decide, se influye y se recomienda. Esa carrera ascendente no se detuvo: con destreza inquietante logró abrirse paso en lo político, apoyado en alianzas profesionales con familias de marcada gravitación política —todavía fuera del poder—, aprovechando coyunturas ajenas a su propio núcleo.

Hoy, pese a un historial incómodo de traiciones, deslealtades, conductas impropias y episodios moralmente reprochables, mantiene el firme propósito de cerrar su carrera ocupando una alta magistratura.

Parece tener el camino allanado. Pero aun si llega, los parapetos no le comprarán paz interior. Un cargo puede dar poder; nunca da virtud. Y el tiempo —ese juez que no negocia— termina demostrando que la moralidad y la honestidad no se improvisan ni se decretan desde arriba.

Si esto finalmente se materializa, valdría considerar un decreto que establezca varios días de duelo, a modo de réquiem por la muerte de la integridad y de la imparcialidad en la justicia.