SIN PAÑOS TIBIOS
En lo que el año arranca
Lentamente la ciudad va despertando de su letargo, y, de ser el apacible lugar en que se convirtió por unos pocos días, se va transformando en ese infierno cotidiano que caotiza la existencia.
El desorden, poco a poco comienza a organizarse. A su manera, sí, pero a ordenarse. Después de todo, el orden no es más que la colocación de las cosas “en el lugar que le corresponden”, y, si todo el mundo sabe que nadie respetará un semáforo, que los sonatas avanzarán por las calles tocando bocina todo el tiempo, que los deliverys motorizados irán en vía contraria (o sobre la acera), no debería pues encasillarse el pandemónium de nuestro tráfico como desorden, porque es permanente, predecible, repetitivo y constante. O, lo que es lo mismo: ordenado.
Así como en “Copenhague” (a propósito de Groenlandia) Vetusta Morla señala que “la corriente enseña el camino hacia el mar”, así también el caos que empezamos a sentir en nuestras calles nos lleva hacia un año pleno de situaciones estresantes, donde todas esas cosas que casi nos hicieron colapsar mentalmente el año pasado, volverán a hacerlo de nuevo; porque esa pax navideña que vivimos, apenas fue un momento fugaz y pasajero.
Ya adentrados en el vendaval de enero, sólo queda la certeza de que los agentes de la DIGESETT continuarán sin hacer su trabajo; que las obras del km 9 nunca las terminarán; que no cesará la discusión de si los pastelitos llevan pasas o no; o de si le puede echar jugo de manzana a un whisky single malt de 18 años sin correr el riesgo de ser fusilado, por mucho que se merezca; entre otras cosas no menos trascendentes e importantes.
Cuando la gente deje de decir “feliz año nuevo” cada vez que se encuentre con alguien, en ese momento sabremos que arrancó el año como Haina… a moler. Y no faltará quien empiece a proyectar el futuro en función de fechas y momentos, saltando de feriado en feriado en la proyección mental de todo el año, hasta que por fin volvamos a llegar a diciembre, y así, otra vez a lo mismo, y comenzar de nuevo.
Esa fijación en algunos hitos específicos impide regocijarnos en los muchos alegres momentos que nos cruzan por el frente, y que, aunque los “vemos”, no los vemos. La vida va rápido porque pensamos demasiado en un futuro que vemos distante mientras el pasado todos los días nos pisa los talones; porque Mafalda tenía razón (siempre la tuvo), el mundo va muy rápido y a comienzos del año toca, más que planificar la vida como si fuera un proceso predecible, vivirla como si fuera un flujo constante; dejando que fluya lo que tenga que “fluyar”; o, mejor aún, pedir (como Mafalda) que detengan el mundo porque va muy rápido… desmontarse de él y andar al propio ritmo.

