Actuar antes que contar
Nos llama poderosamente la atención la cantidad de hechos que ocurren a diario en el país y frente a los cuales, sencillamente, no pasa nada. Cada vez que termina la Navidad —y luego Semana Santa— se repite el mismo ritual: se publican cifras de fallecidos por accidentes de tránsito, personas intoxicadas por el consumo excesivo de alcohol, niños afectados por bebidas que nunca debieron estar a su alcance y violaciones abiertas a las leyes, como si estas no existieran.
Cuando contar se vuelve costumbre
A estas estadísticas se suman escenas que ya parecen normales. Personas que cruzan avenidas entre vehículos en movimiento, sorprendiendo a los conductores. Motoristas que rebasan entre el contén y los carros, provocando choques, discusiones y tragedias evitables. Todo ocurre a plena luz del día, frente a todos, sin consecuencias reales.
Lo más preocupante no es solo lo que ocurre, sino la naturalidad con la que lo aceptamos. Hemos convertido el desorden, la imprudencia y la violación de las normas en parte del paisaje cotidiano. Y cuando llegan las tragedias, reaccionamos con pesar, minutos de silencio y estadísticas frías que se repiten año tras año, sin que nada cambie. Contamos muertos, heridos e intoxicados, pero rara vez contamos decisiones.
La calle como reflejo
Hay, además, un aspecto que se vive todos los días y que resume bien el problema: la interrupción del tránsito por parte de los propios conductores. En muchas de las principales avenidas se han colocado en el pavimento las conocidas “ranitas” amarillas en forma diagonal, acompañadas de letreros claros que indican NO bloquear la intersección. Sin embargo, casi nadie respeta esa señalización. Peor aún, los agentes de la DIGESETT tampoco la hacen respetar.
Se ha optado por prohibir giros a la izquierda en numerosas intersecciones, cuando corregir el bloqueo —si se respeta, se enseña y se aplica— sería una medida más eficiente, más educativa y menos traumática para la movilidad urbana. La norma existe, pero sin pedagogía ni aplicación, se vuelve invisible.
Entre tú y yo, el país no necesita más conteos; necesita más acción. La pregunta es inevitable: ¿no se puede invertir una parte del dinero que hoy se destina a publicidad estatal en educar, orientar y advertir a la población sobre lo que debe y no debe hacerse? ¿No sería más efectivo prevenir que lamentar, formar antes que contar muertos, crear conciencia antes que repetir cifras que ya conocemos de memoria?
Educar también es gobernar
No se trata de eliminar la publicidad, sino de darle sentido. De convertirla en una herramienta permanente de formación ciudadana: respeto a las leyes de tránsito, consumo responsable, convivencia en los espacios públicos, protección de la vida propia y ajena. El Estado educa cuando previene, y la ciudadanía responde cuando entiende.
Para el año 2026, el presupuesto destinado a publicidad estatal ronda los 11 mil millones de pesos, un aumento con relación a 2025. Redistribuir una parte de esos recursos hacia campañas educativas y preventivas no implicaría gastar más, sino gastar mejor. No hablamos de mensajes esporádicos ni de campañas de temporada, sino de una estrategia continua, clara y coherente, que acompañe al ciudadano todos los días.
Campañas simples, directas y constantes, que lleguen a escuelas, barrios, medios y redes sociales; que expliquen, orienten y adviertan, y que apelen a la conciencia, no solo al impacto visual o al eslogan pasajero.
Un mejor país no se construye únicamente con obras, anuncios o discursos. Se construye con hábitos, educación y coherencia entre lo que se dice y lo que se hace. Mientras sigamos reaccionando después de cada tragedia, seguiremos contando lo que pudimos evitar.
Actuar antes que contar no es un eslogan. Es una decisión inteligente.
joaquinjoga@gmail.com

