La tradición navideña

Amanece el día después de Navidad y nos desayunamos con el mismo “recalentao” de todos los años, un saldo absurdo de incidentes relacionados con el consumo de alcohol y accidentes de tránsito. Según el más reciente boletín del Centro de Operaciones de Emergencias (COE), el operativo “Conciencia por la Vida: Navidad y Año Nuevo 2025-2026” registró seis personas fallecidas y 131 intoxicaciones por alcohol, entre las que se destacan nueve en menores de entre 3 y 17 años, y solo estamos hablando de la primera fase del mismo.

Cuanto contraste hay entre el nombre del operativo y las estadísticas resultantes, y no podemos evitar preguntarnos, y la conciencia por la vida, ¿dónde quedó? Sabemos lo que no debemos hacer, pero lo hacemos. Escuchamos las advertencias y las convertimos en ruido de fondo. Normalizamos el exceso como sinónimo de celebración y, en ese proceso, olvidamos que el alcohol y la conducción no son un juego, que hay límites y que la vida humana es frágil.

Hemos normalizado que en cada fecha de asueto prolongado sea necesario congregar y distribuir por toda la geografía a una cantidad numerosa de voluntarios (que sí tienen conciencia por la vida) que postergan estar junto a sus familias y disfrutar del descanso al que todos tenemos derecho, movilizar incontables equipos y recursos de atención médica y rescate, entre muchos otros insumos, como si ese grupo fuera el que tiene el deber de ser responsable y consciente.

Como toda cifra, lo preocupante no es el número exhibido sino el trasfondo que revela, una cultura que excusa el riesgo y el exceso, una permisividad frente al consumo de alcohol en menores y una débil noción de responsabilidad colectiva. No basta culpar al individuo, porque el comportamiento se aprende y se valida socialmente. Toca preguntarnos como nación qué hacemos durante todo el año para enseñar a la población a tomar conciencia del valor de la vida, qué fomentamos, qué destacamos y qué premiamos. Esa enseñanza silenciosa del ejemplo cotidiano que si es adecuado suma mucho y multiplica pero que si es negativo resta y divide terriblemente.

El físico y matemático británico William Thomson Kelvin dijo: “Lo que no se mide, no se puede mejorar. Lo que no se mejora, se degrada siempre.” Estamos cansados de mediciones, pero también cansados de que las mismas no se utilicen para la ejecución de mejoras, o al menos, no de aquellas que lograr las verdaderas transformaciones, como una educación integral, por ejemplo.

En un momento en el que nos encontramos todos indignados y cuestionamos el destino de los fondos públicos, de manera especial en el sector salud, es penoso que tengan que destinarse tantos recursos a situaciones que pueden prevenirse y más penoso aún que una gran parte de la población, en evidencia por su conducta, no le importe este desperdicio recurrente.

Los datos de este operativo navideño nos recuerdan que la salud pública no se cuida solo desde la atención clínica, sino desde la educación y promoción de hábitos saludables, la responsabilidad individual, las políticas de prevención bien fundamentadas y los regímenes de consecuencias bien establecidos.

Ojalá estas cifras dejen de ser una costumbre estadística. Ojalá nos incomoden, que nos cuestionen. Que estas cifras nos lleven a asumir que la vida —la propia y la ajena— no es negociable. Solo entonces podremos decir, sin ironía, que sí existe conciencia por la vida.

La autora es médico pediatra, profesora y directora de la Escuela de Medicina UNPHU