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Leopoldo Díaz: un gran legado
Muchos hombres pasan por la vida dejando huellas que son dignas de resaltar, tanto en el mundo del arte, como también en la literatura, la medicina, la política, el militarismo, los deportes, etc., pero Leopoldo Díaz se destacó por haber dedicado la mayor parte de su vida al servicio de las familias afectadas por la desgracia de tener uno de sus miembros en las oscuras profundidades del terrible mundo de la adicción a las drogas.
A veces una desgracia familiar impacta de una manera tan fuerte a una persona que lo inquieta a buscar una solución para otros que están atravesando por una situación similar y no tienen esperanza. Mi compadre Leopoldo, a principio de la década del 70 tuvo que enfrentar la desgracia de descubrir que su hijo Julio, siendo un jovencito, estaba envuelto en el vicio de las drogas.
Para la época en que se le presentó la penosa situación con su hijo, la sociedad dominicana no tenía la menor idea de lo que era consumo y tráfico de drogas, salvo raras excepciones. No existían instituciones de persecución del narcotráfico, ni centros de tratamiento que se dedicaran a enfrentar los pocos casos que empezaban a aparecer en algunos sectores de la capital.
Ante la imposibilidad de encontrar un lugar de tratamiento efectivo para su hijo, Leopoldo investigó sobre un programa que se estaba desarrollando en Puerto Rico bajo el hombre de Casa de Reeducación de Adictos. Se trataba un programa de ayuda en el fortalecimiento del carácter a base de la orientación psicológica, la confrontación de la personalidad y desintoxicación gradual y progresiva, que resultó ser la panacea para el problema de su hijo Julio.
Luego de la guerra de abril de 1965, muchos jóvenes de la izquierda encontraron la forma de irse a los Estados Unidos, donde algunos se destacaron por involucrarse en los cárteles del narcotráfico que estaban emergiendo a finales de los 60 y principio de los 70; parte de ellos regresaron al país incursionando en negocios de discotecas en donde se empezó a popularizar el consumo de sustancias controladas. Así se fueron contaminando una gran cantidad de jóvenes dominicanos, y hoy el consumo de drogas en la sociedad dominicana es como una plaga que crece sin control.
En el año 1975, Don Leopoldo se reunió con varias personas sensibles a esa problemática y fundaron Hogar Crea Dominicano, Inc., (Hogar Crea), con su primer local en el sector de Alma Rosa, Santo Domingo Este, como una casa de acogida para esos muchachos que estaban siendo afectados por el uso de fármacos, lo que ha venido a resultar en una institución que, a pesar de que tiene más de 30 hogares distribuidos en toda la geografía nacional, siempre necesitan más espacio porque la demanda es cada vez mayor.
Desde hace 50 años Hogar Crea Dominicano, Inc. ha albergado a miles de jóvenes y adultos, hembras y varones, que han sido atrapados por el vicio de las drogas. Esta institución ha traído paz y esperanza a muchas familias dominicanas y extranjeras, de todos los estratos sociales que estaban al borde la desesperación.
El Estado Dominicano debe respaldar cada vez más esta institución, que de hecho contribuye a la paz social, pues mantener a cientos de jóvenes en un tratamiento que los devolverá a la sociedad como personas productivas, en vez de ser potenciales violadores de la ley en las calles, constituye un extraordinario aporte al desarrollo del país.
Hace 38 años conocí a este hombre excepcional, con una capacidad de trabajo extraordinaria, un tenaz luchador por la familia dominicana. El trabajo de Don Leopoldo y su equipo, del cual su hijo Julio Díaz Capellán ha sido el brazo ejecutor a cargo de la dirección de tratamiento, ahora tendrá que seguir timoneando ese gran barco que lleva paz y tranquilidad a muchas familias. Que Dios le siga ayudando en esa tarea.
Le doy gracias a Dios por haberme permitido conocer a Don Leopoldo Díaz, un dominicano excepcional con quien me sentí honrado de haber peleado varias batallas a su ludo en pro del fortalecimiento institucional de esa noble institución llamada Hogar Crea dominicano, Inc. El Gran Legado, que deja este esforzado hombre de bien, se nos ha ido de este mundo a la privilegiada edad de 95 años. Paz a su alma.

