El barrio capitalino de Capotillo debió ser un modelo social que honrara la gesta restauradora que lleva su nombre. Pero, 50 años de neoliberalismo han dejado a la comunidad popular marginada de las políticas públicas de inversión social. Solo la represión policial parece tener vigencia en una comunidad cuyos habitantes viven cercados por la miseria y la falta de oportunidades. Dejado al abandono por el Estado y los sucesivos gobiernos, desprovisto de esperanza y cambio social, Capotillo queda muchas veces preso de una economía del microtráfico que ha ido asumiendo un lugar protagónico en la vida del territorio.

No es con el himno nacional regrabado pero vacío de significado, ni militarizando al pueblo, que acabaremos con la pobreza. Capotillo necesita dispensarios médicos, estancias infantiles, espacios de recreación y esparcimiento, una escuela en Los Manguitos, la ampliación del Politécnico Santa Clara de Asís, un plan estructurado de documentación de sus habitantes, una política sostenible de empleos para sus jóvenes. No podemos continuar con esa tradición gobernante que quebranta la soberanía de los humildes. Es hora de que suene la hora del pueblo, protagonista de aquel Grito de Capotillo y también del barrio de hoy.