El “YO SOY” en la revelación bíblica: de Moisés a Cristo
Una de las porciones que más me han impactado al leer Las Escrituras es la que encontramos en el evangelio de Juan, en la cual el Señor Jesucristo hace una declaración extraordinaria y que tiene un impacto sin precedente para todos los que le confesamos como nuestro Señor y Salvador. En el capítulo 8 se desarrolla un debate intenso entre Jesús y los líderes religiosos acerca de Su identidad. El cuestionamiento era porque supuestamente Jesús insinuaba ser superior a Abraham, a lo que Él responde: “Antes que Abraham fuese, YO SOY” (Juan 8:58). Esta declaración fue captada de inmediato por sus oyentes, quienes entendieron que Jesús se estaba atribuyendo igualdad con Dios, lo consideraron una blasfemia, y “Tomaron entonces piedras para arrojárselas” (Juan 8:59), aplicando la ley de Levítico 24:16 contra la blasfemia.
Jesús, al decir YO SOY, está deliberadamente empleando el mismo sentido de la expresión usada en el libro de Éxodo, cuando dijo Moisés a Dios en la zarza ardiente: “He aquí que llego yo a los hijos de Israel, y les digo: El Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros. Si ellos me preguntaren: ¿Cuál es su nombre?, ¿qué les responderé? Y respondió Dios a Moisés: YO SOY EL QUE SOY. Y dijo: Así dirás a los hijos de Israel: YO SOY me envió a vosotros” (Éxodo 3:12-14) . Esto indica una existencia eterna fuera del tiempo humano, que trasciende el tiempo presente simple, reflejando teológicamente un presente eterno, atemporal; revela a un Dios que es absoluto en Su ser, auto existente, inmutable, eterno en Su naturaleza, fiel en Su carácter, único entre todo lo que existe, y digno de confianza absoluta. Esta conexión no es casual, sino una revelación deliberada de la divinidad eterna de Cristo y la base para la salvación del pecador. Ese YO SOY de Éxodo 3:14 Dios el Padre es nuestro Creador, nuestro Redentor y, en Jesucristo, nuestro Salvador.
El reconocimiento de Jesús como el “YO SOY” no es un ejercicio teológico abstracto, sino el fundamento de la salvación. El hombre, en su estado natural, está separado de Dios por el pecado. Como declara Romanos 5:12: “Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre... así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron”. Pero Dios el Padre, sabiendo esta realidad, envió a Su hijo Jesús —el “YO SOY” eterno— como Sustituto: “mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros” (Isaías 53:6), como Propiciador: “a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre” (Romanos 3:24-25) y como Redentor: “habéis sido comprados por precio” (1 Corintios 6:20). La encarnación de Cristo es la manifestación suprema del amor de Dios. La salvación es un acto completo de Dios.
El sacrificio de Jesús en la cruz no fue un accidente ni una tragedia humana. Fue la consumación del propósito eterno del YO SOY, Dios el Padre. Aquel que existe desde la eternidad, se ofreció a Sí mismo como sacrificio en un momento del tiempo, para redimir a los que estábamos muertos en delitos y pecados. Como declara Efesios 2:4-6: “Dios, que es rico en misericordia... aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo... y nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús”. La sangre de Cristo derramada en la cruz es el único remedio; como “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29), su sacrificio logró lo que las obras humanas jamás podrían alcanzar.
Esta salvación no se obtiene por méritos humanos. Es un regalo divino: “por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras” (Efesios 2:8-9). La única respuesta adecuada del hombre es el arrepentimiento y la fe en Cristo. Como declara Hechos 4:12: “en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos”. Reconocer a Jesús como el YO SOY es esencial, no opcional. Él mismo lo dijo claramente: “si no creéis que YO SOY, moriréis en vuestros pecados” (Juan 8:24). Jesús es el mismo Dios que habló desde la zarza ardiente, que caminó entre nosotros, que fue crucificado y que resucitó glorioso. Y ahora, ofrece vida eterna a todo aquel que invoque su nombre (Romanos 10:13).
El sacrificio del YO SOY es la única forma en que la justicia de Dios puede ser satisfecha y al mismo tiempo es la muestra más grande de misericordia al pecador. Cristo fue “herido por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados” (Isaías 53:5). Su divinidad asegura que Su sacrificio tiene valor eterno; Su humanidad asegura que ese sacrificio nos representa. Reconocer a Jesús como Dios eterno y Salvador no es opcional, es la esencia de la fe cristiana y el único camino a la vida eterna. “Dios… ha dado a los hombres evidencia de esto levantándolo de los muertos” (Hechos 17:31), testificando que Jesús es quien dijo ser. Por ello, al arrepentirse, confesar que “Jesucristo es el Señor” (Filipenses 2:11) y creer en Él, recibe la garantía de perdón, propósito y esperanza, al ser lavados por la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación (1 Pedro 1:19). Que esta verdad nos mueva a vivir con gratitud, adoración y obediencia. Que afirmemos con humildad y gozo que Jesús es el gran YO SOY, nuestro Dios, Salvador y Redentor. A Él sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

