PEREGRINANDO A CAMPO TRAVIESA

Lacordaire, un dominico extraordinario

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MANUEL PABLO MAZA MIQUEL, S.J.Santo Domingo

Jean - Baptiste - Henri Dominique Lacordaire nació cerca de Dijon, Francia en 1802. Creció a la sombra de un catolicismo tibio. De joven ya había perdido la fe, que recobró en París hacia 1820. Pensaba ser abogado, pero su fe le llevó al seminario en 1824. Ordenado en 1827, insatisfecho con su tarea pastoral, se ofreció para trabajar en la diócesis de Nueva York. La revuelta en Francia de 1830 detuvo este cambio. Conoció a Felicité Lamennais y juntos trabajaron en la publicación del periódico L¥Avenir. Las flechas de Lacordaire se clavaban en el catolicismo conservador, abogando por un cristianismo favorable a la libertad de prensa, educación y conciencia; un cristianismo libre de la peligrosa alianza con las monarquías momificadas. Los obispos franceses condenaron el periódico. Ya vimos cómo Lamennais y Lacordaire no se amilanaron y junto a Montalembert se aparecieron en Roma blandiendo un informe redactado por Lacordaire y la esperanza ilusa de encontrar a un Gregorio XVI que detuviera el hacha episcopal francesa. El Papa, les ignoró durante semanas, luego les hizo una recepción gélida y tronó contra el liberalismo con la encíclica Mirari Voz (15 de agosto de 1832). Eventualmente Gregorio XVI condenaría específicamente L¥Avenir. Más sensato que Lammennais y Montalembert, Lacordaire aceptó la condena del Papa y se retiró de Roma el mismo marzo de 1832. En Francia, varios amigos cercanos moderaron los fuegos de Lacordaire. Sus conferencias en el Colegio de San Estanislao frecuentadas por influyentes personalidades llamaron la atención. Las consabidas quejas de nuevo llegaron a los oídos del arzobispo, quien exigió que Lacordaire le sometiera con antelación un ejemplar de cada conferencia. Surgió un intercambio epistolar entre arzobispo y cura, del cual Lacordaire salió con el apoyo de su arzobispo y el ofrecimiento del púlpito de Notre Dame de París para las Conferencias de la Cuaresma de 1835. Concluidas las Conferencias, Lacordaire se retiró a una casa de retiro de los jesuitas para dedicarse al estudio y la oración. Durante esos días, decidió ingresar en la Orden de los Predicadores, insignes en ese ministerio, central en la vida de Lacordaire. El 9 de abril de 1839 vistió el hábito dominico. Por aquellos días, la Orden de los Predicadores asistía al restablecimiento de varias casas en Francia. Lacordaire sería el primer provincial. Las Conferencias de Lacordaire continuaron con un solo año de interrupción de 1843 a 1852. El dominico, al decir de los estudiosos, ya era el mayor orador católico del siglo XIX. Sus palabras se abrían paso en aquella sociedad corrupta y decadente gobernada por Luis Felipe de Orleans (1830 ñ 1848), quien también intentó suprimirlas, pero de nuevo Lacordaire contó con el apoyo valiente de un nuevo arzobispo. El dominico Lacordaire rompió los moldes anquilosados de una predicación soporífera, puso a valer la experiencia secular de la Iglesia Católica, su impacto en la moral y en las sociedades. Mostró la valía liberadora del mensaje de Jesús de Nazaret y su divinidad. Lacordaire tocaba los corazones con una voz, suave al inicio y luego dueña de las bóvedas de la Catedral. En la corta experiencia republicana de Luis Napoleón, Lacordaire fue electo al Parlamento, donde sillas más abajo se sentaba también Lamennais, su enemigo declarado. El dominico movió cielo y tierra para que la jerarquía católica no amarrase su suerte al fatídico carro del mediocre Napoleón III. Su último sermón, “Sé hombre” (1 Reyes 2,2) fue un ataque contra el gobierno. Pronto el dominico fue condenado a la irrelevancia de capellán de una escuela militar perdida en el Sur de Francia. Su nombramiento a la Academia Francesa le rescató del anonimato. Fue allá que sentenció: “yo espero morir como un religioso arrepentido y un liberal empedernido. Murió en 1861. Estudiemos ahora a Gregorio XVI, el Papa del portazo en la cara al liberalismo y la condena de la esclavitud.

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