MEMORIAS DE VIAJES
En la historia de la humanidad: Crómlech de Almendres
Por el puente Vasco de Gama, con una travesía de 18 kilómetros de longitud y un ancho de pista de 30 metros, cruzamos por encima del estuario del río Tajo. Atrás queda Lisboa, la capital portuguesa. Nos dirigimos hacia Évora, con parada en un lugar de cuya existencia hasta hoy desconocía: el Crómlech de Almendres. En el trayecto observo a mi derecha un extenso bosque de alcornoques, el árbol del cual se extrae el corcho. Tras el letargo de un largo rato en bus, por la inmensa llanura de la región de El Alentejo, que literalmente significa “más allá del Tajo”, entramos por una vía de tierra apisonada para cruzar por una calle asfaltada. Hacia ella están las fachadas de varias viviendas adosadas, todas blancas con techo rojo e idéntica arquitectura, pero con una diferencia: las ventanas de las casas tienen los marcos de distinto color. Así no se ven monótonas. Una apenas perceptible llovizna, y una temperatura fría, desciende sobre nosotros cuando, a pie, nos acercamos al Crómlech de Almendres, uno de los primeros monumentos públicos en la historia de la humanidad. Es, en la Península Ibérica, uno de los mayores grupos de menhires en ella levantados. Bajo un cielo encapotado, contemplo sobre la tierra mojada los monumentos megalíticos formados por bloques de piedra granítica, hincados verticalmente en el suelo y orientados en distintas direcciones. Pudo ser, dicen los estudiosos, un primitivo observatorio. En este espacio solitario con un entorno de alcornoques y pinos, recuerdo la magnífica serie Los hijos de la Tierra, de Jean Auel, una saga prehistórica conformada por cinco novelas: El clan del oso cavernario, El valle de los caballos, Los cazadores de mamuts, Las llanuras de tránsito y Los refugios de piedra. De vuelta en la carretera, cada cierto tramo a mi derecha, nítidamente colocados esperan a ser recogidos varios haces de leña. Los imagino como en aquellos tiempos. Más allá, pasta ganado vacuno. Una plácida escena. Acercándonos a Évora, la recoleta y antigua ciudad, el guía advierte no dejar bolsos ni artículo alguno en los asientos. Pese a la alarma que tiene el bus, los ladrones pueden romper un vidrio. En el maletero estarán seguros. AhÖ caray, me digo, en todas partes hay que tomar precauciones. Un par de kilómetros antes de nuestra llegada, el conductor (que es además el guía), detiene el autobús y trasladamos las pertenencias. Es que, explica, dentro de la zona amurallada en la que vamos a apearnos no debe hacerse el cambio a la vista de la gente. Obviamente, hay que prevenir. Al poco rato, vemos el kartódromo y, algo más allá, un letrero que dice “Oliveras centenarias”. Ya estamos llegando a Évora.

